domingo, 9 de diciembre de 2012

(e)Lecciones catalanas (y 2)


Yo creo que una nación debe ser, ante todo, un proyecto común. Históricamente, los Estados exitosos han sido precisamente eso. Tomemos el caso de España. España surgió como el proyecto común de castellanos, vascos y aragoneses para invadir y conquistar, primero la península ibérica y, después, medio mundo. Mientras el proyecto de invasión y conquista progresó adecuadamente, no hubo problemas. Castilla guardó las espaldas de la corona aragonesa durante su expansión mediterránea. Aragón hizo lo propio con castellanos y vascos mientras se aventuraron por los anchos mares del mundo y todos actuaron de consuno durante las diferentes guerras europeas. Los problemas surgieron en la segunda mitad del siglo XVII, cuando quedó claro que ya no se podrían invadir ni conquistar nuevos territorios. A lo largo de los dos siglos y medio posteriores, trató de redefinirse la idea de España de un modo progresivamente dramático, hasta el punto de que la propia corona de Aragón se fracturó durante el proceso entre un interior, fiel a los compromisos contraídos con Castilla, y un área más mediterránea, cuyos intereses, obviamente, no quedaban representados por lo que querían “los del interior”. Cuando resultó claro que todo lo conquistado se perdería, es decir, durante el siglo XIX, vascos y aragoneses mediterráneos comenzaron a plantear que la única cuestión pendiente era: “¿qué hay de lo mío?” En fechas más recientes, se han oído múltiples voces en Cataluña contra el pago de subsidios agrarios en Andalucía con dinero procedente de los impuestos catalanes. Dicho de otro modo, Cataluña ya no está dispuesta ni al sostenimiento económico de los territorios que contribuyó a conquistar. 
Una de las cosas más curiosas del capitalismo es que, cuando inventa algo que funciona bien, rápidamente la gente se olvida de que fue un invento que favorecía el status quo y trata de cambiarlo por algo que funciona peor. Hablo de lo que comenzó siendo “ayudas al desarrollo” de los países no industrializados y que, después, se aplicó dentro de los países industrializados en forma de “ayudas estructurales” o “fondos de compensación territorial”. La idea es muy simple, quien tiene más da dinero a quien tiene menos, a cambio de que compre sus productos. ¿Para qué? ¿No sería mejor subvencionar las exportaciones? Pues no. Veamos un ejemplo.
Supongamos un pueblecito remoto que recibe fondos estructurales de la UE para hacer una carretera. En realidad, no hay ningún sitio a dónde ir, de modo que la carretera no hace falta, pero siempre se puede asfaltar el camino a la ermita por donde transita la romería anual del pueblo. Por la tangente se desviará algún dinerillo con el que el alcalde, el concejal de urbanismo y el adjudicatario de la obra, podrán comprarse un Mercedes. En el pueblo todo el mundo iba en burro, excepto el que podía llevar una yegua blanca. Ahora circulan Mercedes. Aquí entra un principio básico del capitalismo, lo que decía Hannibal Lecter en El silencio de los corderos: codiciamos lo que vemos. Uno, dos, puede que hasta tres vecinos, queden deslumbrados con los vehículos que ven y no dudarán en hipotecar las cosechas de los dos próximos años para poder financiarse, ellos también, la compra de un Mercedes. Pero, claro, tanto Mercedes para ir del Ayuntamiento a la ermita, no mola. “A petición popular”, el alcalde se verá obligado a asfaltar dos o tres caminos más, aunque la financiación de estas obras implique subir los impuestos a los vecinos. ¿Quién ha salido beneficiado? Esencialmente quien concedió los fondos para construir la carretera inicial que ha vendido un puñado de Mercedes donde antes nadie soñó con vender uno y material para  hacer tres carreteras. Y, lo más divertido de todo, lejos de subsanar las diferencias económicas entre esa zona desfavorecida y la media europea, esos fondos han contribuido a hacer a los pobres más pobres y a los ricos más ricos, que es el meollo mismo de todos los mecanismos de funcionamiento del capitalismo.
Me parece a mí que la balanza fiscal es una de esas herramientas económicas que impiden hacer un cálculo a menos que uno introduzca en ellas una variable llamada “ideología”. Realmente no sé si la balanza fiscal es favorable o desfavorable a Cataluña. Sí sé que los fondos estructurales de la Unión Europea se gastaron en hacer carreteras para las romerías y cosas peores. ¿De dónde, si no, habría salido dinero para comprar tanto coche alemán como se ve circulando por las carreteras andaluzas? ¿Dónde iban a vender sus productos las empresas catalanas si la balanza fiscal no fuese desfavorable a Cataluña? ¿en EEUU? ¿de verdad Andalucía es capaz de generar suficiente riqueza por sí misma para consumir tanto cava como consumimos?
Ya lo he dicho, odio las fronteras, me parecen el más mortífero de los inventos humanos. Toda frontera es una forma de esclavitud. Si por mí fuera, las borraría todas. No obstante, los argumentos que se escucharon el mes pasado a favor de la sacrosanta unidad de España me parecieron tristes, aburridos, cuando no peligrosos. No quiero vivir en un país cuyo fundamento para seguir existiendo es que “no es el momento”, “los mercados nos están mirando” o “vuestros ricos lo van a pasar muy mal”. Un país debe ser un proyecto común y quien no quiera participar en ese proyecto debe tener derecho a irse (¡me pido primer!) Pero éste no es un razonamiento a favor de los independentistas, por más que ellos lo esgriman. El nuevo país también debe ser un proyecto común y “común”, significa “común a la mayoría”, a una clara mayoría. Hablar del derecho a decidir del 50% más uno de los votos, es algo digno de tahúres de las balanzas fiscales, de idiotas que no son capaces de comprender ni el sentido de la “ayuda” al desarrollo, de politicastros a los que sólo les importa conservar su poltrona y no de padres de la patria. 

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