domingo, 17 de diciembre de 2017

Contra el sesgo de género en los cuentos (3 de 3)

   Incluso en “El lobo y los siete cabritillos” a los hombres se nos pone a caldo. Como no podía ser menos, el hombre de la casa se halla ausente. El que, en este caso, sea el macho de la cabra y que, por tanto, ésta haya tenido algo que ver en que se marchase para entregarse al consumo de hierba, ni se menciona. Es ella, valerosa, emprendedora, la que asume la responsabilidad de alimentar y proteger su prole, aunque eso le suponga correr el riesgo de dejarlos solos en casa. Aquí tenemos, de nuevo, al taimado lobo, dispuesto, en cuanto se presenta la menor excusa, a travestir su voz y hasta maquillarse para dar rienda suelta a sus perversiones ensañándose con los pobres cabritillos. ¿Quién ayudará a la compungida cabra a rescatar a sus tiernas criaturas? ¿Un macho bravío? ¿el primogénito tal vez, al que la testosterona empieza a fluirle por las venas? No, le ayuda un cabritillo recién salido del armario o del reloj de pared, que, como es natural, empatiza con el dolor femenino. Entre ambos van a buscar al lobo, que, de nuevo, se ha guardado toda la comida para él, sin pensamiento de compartirla con sus crías, ni con la loba de su mujer y duerme una merecida siesta tras una jornada en el andamio. Por supuesto, el cuento termina, como no podía ser menos, con la cesárea ritual que hace pagar al macho todas las penalidades causadas.
   Vayamos ahora a los cuentos con dos protagonistas. Uno será un alma bella, hermosa, dotada de virtuosas cualidades tales como la empatía, la compasión, la inquietud intelectual y demás. ¿Corresponderá esta alma bella al personaje masculino? Ni por asomo. El personaje masculino es egoísta, cruel, inmisericorde, dado a la venganza, el vocerío y el ejercicio de la violencia, una mala bestia, vamos. Y si se trata de que el protagonista sea, por fin, masculino, el macho de alguna especie, ¿qué lo convertirá en el eje central del cuento? ¿su habilidad para cambiar bombillas y arreglar desperfectos eléctricos? ¿sus conocimientos acerca de cómo desinstalar programas del ordenador cuando causan problemas? ¿sus aciertos a la hora de diagnosticar lo que le ocurre al coche o a la hora de efectuar chapuzas de albañilería? No, va a protagonizar la historia por ser feo. Pero no feo, como esos patitos que por feos son hermosos, no. Es feo, feo, feo. Tan feo que cuando comía maíz creían que era un murciélago comiendo limón. Tan feo que la gente en lugar de echarle miguitas de pan le tiraban cacahuetes. Tan feo que su pata madre le decía: “no me sigas, no me sigas”. Una vez fue a un concurso de patitos feos y lo expulsaron por asustar al resto de participantes. Cuando una pata, hablando de él, le preguntó a otra: “¿tú cuántos años le echas?” la otra le respondió: “¿yo? La cadena perpetua, ¿has visto lo feo que es?” ¿Qué se hace con un patito al que su fealdad denota como macho antes incluso de escuchar su tono de voz? Pues reírse de él. Los machos son tan feos que causan risa. Eso sí, si quiere llegar a ser elegante, si quiere conseguir que lo respeten, si quiere levantar admiración, deberá renunciar o bien a ser pato o bien a ser macho, deberá ser un cisne, como esos que marcan el pas de deux con un tutú en el lago que les procuró Tchaikovsky. Por cierto, que esta es otra historia que se las trae, con un príncipe rarito donde los haya, en este caso por la vía zoofílica.
   Cuando por fin nos encontramos con un cuento en el que, desde el protagonista hasta los secundarios pertenecen al sexo masculino, se trata de un rosario de sadismos cada cual más virulento, por mucho que no estemos hablando propiamente de un cuento popular. Pinocho, en efecto, es un embustero patológico, tallado por un carpintero gruñón, misógino y que, por mal progenitor, acaba encarcelado. Hay algo equívoco en el hecho de que el apéndice de Pinocho crezca cuando miente, pues todo el mundo sabe que en los hombres el proceso ocurre exactamente al contrario, en cuanto nos crece el apéndice mentimos como bellacos. En cualquier caso, Pinocho se ve conducido inevitablemente al mal camino, asesinando a un grillo, quemándose los pies y siendo ahorcado por dos congéneres masculinos. De todos sus encuentros el único que le procura algún bien es (¿lo adivinan?) el de una niña-hada. Y menos mal, porque cuando en el cuento no aparecen féminas por ninguna parte, como en "El lobo y los tres cerditos", todo se reduce a una competición para ver quién la tiene más dura... la casa me refiero.
   Sí, desde luego, yo también creo que los cuentos tradicionales deben reescribirse, pero para borrar de ellos los denigrantes estereotipos sexuales que se le atribuyen a los hombres. Colocando estos estereotipos en las delicadas mentes infantiles, lo único que podemos hacer es inclinar a nuestros hijos a reproducir semejantes roles, por lo que es necesario extirparlos. O reescribimos los cuentos infantiles en pro de una verdadera igualdad,  o se los deja tal y como están, pues si han pervivido durante tanto tiempo quizás sea porque encierran una densidad de significados que las mentes infantiles perciben sin dificultad, pero que, obviamente, no alcanzan a comprender las adultas mentes del feminismo subvencionado.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Contra el sesgo de género en los cuentos (2 de 3)

   El cuento de Blancanieves, no trata mucho mejor a los hombres. Para empezar tenemos un padre que, antes de que su tálamo pudiera enfriarse, ya le buscó sustituta a su difunta esposa, un pibonazo impresionante. Por supuesto tras el matrimonio, la gachí, comenzó a prestarle más atención a su espejo que a él, así que el padre se pasa todo el cuento ausente, bebiendo con el padre de Caperucita en el bar. Mientras, su esposa intenta deshacerse de la pobre Blancanieves, la cual, una vez más, frente a los personajes masculinos de los cuentos, es un dechado de virtudes físicas y morales. Blancanieves acaba encontrándose con lo que parece ser un after hours de puretas, pues no hay un hombrecillo que merezca la pena. Los siete que encuentra son cortos de estatura, además uno es mudo, el otro gruñón, el otro un sabiondo, el otro parece tener alergia al oxígeno, el otro tiene timidez patológica y los dos últimos son adictos, uno a la heroína, que lo mantiene perpetuamente adormecido, y el otro a la cocaína, que le provoca una persistente risa nerviosa. Entre los siete apenas componen medio hombre, pero como Blancanieves está un poco desesperada, decide irse a vivir con ellos. Descubre que siete hombres no son suficientes para coserse un botón, tener una cocina en condiciones y, en definitiva, llevar una casa, así que asume ella misma las tareas, pues, aparte de bella, generosa, inteligente y demás, también posee una extraordinaria capacidad de trabajo. Falta para completar tan penoso elenco masculino el príncipe, un guaperas que al principio no entendemos qué hace vagando por el bosque, hasta que comprobamos el ansia que se asoma a su rostro tan pronto como ve a Blancanieves, más blanca que la pared, yacente y sin respirar. La profunda necrofilia que padece lo lleva a morrearla con lengua, atrocidad que permite desatascar el trocito de manzana que se le había atragantado a Blancanieves y, para desencanto del príncipe, la revive.
   La pandilla de borrachines del bar “Érase una vez” no estaría completa sin el padre de Cenicienta. Una vez más, un cabeza de familia que no se entera de nada y que, en los momentos clave, se halla ausente. Pero éste ya riza el rizo. No sólo le faltó tiempo para sustituir a su mujer, además, se buscó una viuda, divorciada o separada, de bruscos modales, con tres hijas y que, si hemos de juzgar por los genes que éstas portan, es fea, gorda y con verrugas. La historia de Cenicienta no es una historia de mujeres, es una historia entre mujeres, pues Cenicienta despierta rápidamente la envidia de su madrastra y sus hermanastras por su belleza, candidez y buen hacer. Sabido es que los hombres no criticamos a los hombres que son más guapos que nosotros... harta desgracia tienen con ser maricas. El caso es que Cenicienta, por la intervención no de un mago o de un hechicero, no, sino de una hada madrina, acaba cumpliendo su sueño. Los magos, los hechiceros, siempre son malos, oscuros y liantes. Si uno quiere un poco de magia buena, tiene que acudir al hada madrina, que digo yo que ya va siendo hora de que en los cuentos aparezcan también hados padrinos, ¿no? Total, que Cenicienta se planta en el baile del príncipe, el cual, al verla se queda prendado de ella. Pero no se queda prendado de su bello rostro, de su hermosa figura o de su precioso porte como haría cualquier hijo de vecino. Cuando Cenicienta desaparece, al príncipe no se le ocurre ir por las calles intentando ver a su amada. De su cara ni se acuerda. Hasta aquí no hay nada anormal. Una chica con talla noventa de sujetador no debe esperar que su novio se acuerde del color de sus ojos, por lo menos hasta el día de la boda. Pero el príncipe no va por ahí pidiendo que las damas de su reino se prueben un sujetador. Todo el tiempo que ha estado con Cenicienta no ha hecho más que mirar sus zapatos, uno de los cuales reconoce en cuanto lo ve en todo ese montón de zapatos que suelen quedar desperdigados cuando acaban las fiestas... por lo menos las fiestas a las que yo voy. Aquí tenemos de nuevo a un príncipe, podófilo o fetichista, no se sabe qué es peor, dispuesto a casarse con la primera dama que tenga un pie como aquellos de los que se ha enamorado, hasta el punto de que no le importa el carácter ni las verrugas de las hermanastras de Cenicienta. Si sus pies hubiesen cumplido las reales expectativas, habrían acabado casadas con el príncipe. Al final, como es lógico, se reencuentra con Cenicienta y el príncipe puede pasar sus días bebiendo champán en sus zapatos, que para eso el hada madrina los hizo de cristal, cosa que lleva a sospechar que esta hada conocía ya el fetichismo del príncipe, tal vez de cierto negocio regentado por ella que aquél visitaba con frecuencia.

Contra el sesgo de género en los cuentos (1 de 3)

   Ha venido imponiéndose, hasta casi convertirse en el discurso único, un cierto relato según el cual la mitad de la humanidad, a saber, la que no compite por ver cómo de lejos llega su pipí, ha sido sometida, vejada, humillada, maltratada y negada culturalmente por la otra mitad. Afortunadamente, continúa ese discurso, en nuestras sociedades de capitalismo feroz, de mercado libre, de democracias de funcionamiento impecable, de gobiernos preocupados por los más pobres, de estados que repugnan cualquier forma de violencia, esa mitad de la humanidad se halla próxima a su plena liberación. Frente a tal discurso único se levanta la patética diatriba de unos cuantos que, aceptando efectivamente ser de la mitad privilegiada, cree necesario patalear para conservar sus supuestos privilegios, causando pudor ajeno y contribuyendo a la imposición del discurso único. Nos hallamos, en boca de unos u otras, ante una historia de blanco y negro, de opresores y oprimidos, de buenos y malos, que machistas y feministas comparten, aunque desde posiciones estratégicas diferentes. A semejante modo de plantear las cosas no lo amparan los hechos sino la plétora de papanatas que cree que repetir lo que les dicen es tener ideas propias. Siempre que alguien se empeña por insistir en una historia con semejantes características tenemos derecho a poner en duda su estado mental, sus intereses, a veces nada ocultos, o ambas cosas. La realidad, la historia, los hechos, son de otra naturaleza, tienen una rica paleta de matices y, por encima de todo, nunca son fáciles, ni simples. 
   Un ejemplo de cuanto vengo diciendo lo tenemos en los cuentos infantiles. Con el poco disimulado empeño por ponerle copyright a lo que siempre han sido narraciones de propiedad pública, se han ido lanzando todo tipo de intentos por hacer caja con la excusa de la defensa de las mujeres oprimidas. Como cabía esperar, ni la originalidad les pertenece. Plagian descaradamente los Cuentos políticamente correctos con los que James Finn Garner ya trató de advertirnos contra el dislate hacia el que nos encarrilábamos. Los cuentos populares encierran un sesgo machista que debe ser eliminado de ellos si queremos crear generaciones de mujeres emancipadas, se nos sermonea de cotidiano. Como todo sermón, éste tampoco está libre de contradicciones. Nos hallamos ante cuentos, originalmente, de transmisión oral. Por tanto, el narrador de tales cuentos debió ser quien introdujera en ellos los estereotipos de género que contienen. Ahora caben dos opciones. La primera es que esos estereotipos fueran puestos ahí por hombres, con lo que su papel en la educación de los hijos ha sido tradicionalmente mayor de lo que las feministas nos quieren hacer creer. La segunda opción es que esos estereotipos fueron puestos en los cuentos por las mujeres, que siempre han cargado con la crianza de los hijos, en cuyo caso las feministas deben concluir que tales mujeres fueron tontas de capirote por perpetuar estereotipos que las desfavorecían, juicio con el que no mostrarán desacuerdo alguno cuantos machistas corren por este mundo. 
   La verdad, como digo, tiene siempre sus matices. Ciertamente los cuentos fueron transmitidos por mujeres que, precisamente por eso, introdujeron un clarísimo sesgo en ellos. Los cuentos infantiles vocean estereotipos acerca de los hombres, clara información acerca de su poca valía y una vergonzante y vergonzosa imagen de los mismos. Si hemos de creer los cuentos populares, los hombres somos irresponsables, violentos, mentirosos, taimados e irremediablemente dados a la perversión en lo sexual. No digo yo que muchos hombres no sean así, pero no todos. Algunos de nosotros no caemos en tales categorías... somos aún peores.
   Tomemos el cuento de Caperucita. Como muchos otros, es un cuento de mujeres, los hombres apenas si aparecen incidentalmente. El padre de Caperucita, para empezar, está ausente. Se desliza con pocos miramientos que el hombre de la casa, como todos los hombres, está de copichuelas en el bar mientras ocurren las cosas importantes. Lo más parecido a un personaje masculino de relevancia en este cuento es el lobo. El lobo, que no la loba. Caperucita se ocupa de alimentar a su abuelita enferma, la cabra va a comprar comida para sus cabritillos, pero la loba, ésa no caza, ni descuartiza tiernas niñas, ni devora cerditos, es vegana y se esfuerza por alimentar de verduras y frutas a su prole mientras el fiero lobo se lo come todo sin aportar a casa ni un miserable pinrel de la abuelita. Lo que sí hace es vestirse con sus ropas, primera muestra inequívoca de que todo hombre encierra cierta perversión oculta y, por supuesto, se pone tan nervioso cuando Caperucita le pregunta acerca del tamaño de sus atributos que se lanza sobre ella y la devora también. Afortunadamente en ese momento llegan dos figuras igualmente masculinas, dos leñadores a los que los gritos les han impedido disfrutar del partido de fútbol que estaban viendo y, mostrando la naturaleza iracunda de los hombres, sin mediar palabra con el lobo, ni pedirle explicaciones y ni siquiera sopesar las pruebas de su felonía, se vengan de un modo que sólo puede haber maquinado alguien del sexo femenino: practicándole una cesárea.

domingo, 26 de noviembre de 2017

El capitalismo y la ciencia

   A finales de los años 20, la prensa soviética comenzó a llamar la atención sobre el trabajo de un ingeniero agrónomo llamado Tronfim Lysenko. Apoyándose en la “vernalización”, Lysenko desarrolló el Michurinismo, improbables nombres con los que ocultaba una mezcla de lamarkismo y darwinismo de segunda mano absolutamente tóxica y ajena a cualquier cosa que merezca llamarse ciencia. El estalinismo vio en él la personificación del campesino ilustrado, crítico con el mundo académico en el que Stalin nunca confió, mucho más centrado en la praxis que en la teoría, en la motivación de las masas que en los experimentos, en las necesidades inmediatas que en las explicaciones. Lysenko cogió onda y comenzó a defender la influencia del medio por encima de la herencia de los caracteres genéticos a los que acabó considerando una desviación capitalista, un corolario del “mito” del ADN.
   En Occidente, el lysenkoísmo siempre se ha visto como el desvarío que se produce cuando el poder se inmiscuye en la ciencia, la deriva inevitable de las dictaduras del pensamiento de las que nos protege la libertad del mercado. De hecho, éste ha constituido uno de los presupuestos típicos del pensamiento del siglo pasado, la idea de que libertad de mercado y ciencia libre constituían sinónimos. Quizás el ejemplo más palmario lo podemos encontrar en los escritos de ese fabuloso embaucador llamado Karl Popper. Popper propuso una explicación ridícula acerca del funcionamiento de la ciencia para, a continuación, en La sociedad abierta y sus enemigos, mostrar cómo un análogo de ese procedimiento constituía la base de las sociedades democráticas y libres. Muchos criticaron la absoluta carencia de base de sus teorías acerca de la ciencia, pero muy pocos discutieron el vínculo entre ciencia, democracia burguesa y capitalismo que se deducía de sus planteamientos políticos. La ciencia, si quería merecer el título de tal, debía poseer el mismo carácter “abierto” que las sociedades democráticas y ambas, ciencias y democracias, habían de regirse por principios de libre competencia exactamente igual que nuestros mercados. 
   Sin embargo, como ya he comentado reiteradamente, cuando el mercado goza de libertad, nadie más disfruta de ella. Un mercado libre no quiere ideas originales, quiere ideas que vendan, dicho de otro modo, que le plazca a una mayoría dispuesta a comprarlas. Un mercado libre no quiere verdades, quiere cosas que parezcan verdaderas o, mejor aún, que parezcan auténticas, como la máscara de Darth Vader, la auténtica crema rejuvenecedora que no puede rejuvenecer eternamente o el medicamento que, mejor que curar, alivia los síntomas. Un mercado libre no soporta lo único, prefiere con mucho lo repetible, lo reproducible, aquello de lo cual se pueden fabricar tantos ejemplares como para maximizar los beneficios. Y, por encima de todo, un mercado libre no tolera individuos que rehuyan los estándares, las categorías, los procedimientos trillados para hacer las cosas. Ciertamente, la ciencia debe utilizar procedimientos estandarizados, debe basarse en experimentos repetibles y no busca la verdad, sino el conocimiento comprobado. Pero por aquí podemos atisbar ya la existencia de un conflicto: la ciencia intenta hallar la mejor explicación posible de los hechos, el mercado busca lo que pueda parecer mejor a los compradores potenciales. Dicho de otro modo, la ciencia quiere perdurar, el mercado la obsolescencia programada.
   El problema se agudiza si mencionamos otra característica de la ciencia: la publicidad. Para que una teoría científica pueda considerarse tal hay que hacerla pública, debe alcanzar a todos los que poseen un conocimiento potencial en la materia. Sólo si se hace pública puede resultar criticable, puede intentarse la búsqueda de alternativas, de comprobaciones o de errores. Sin carácter público no hay ciencia. Ahora bien, desde el siglo XIX, la ciencia ha avanzado a tal ritmo que esta aspiración no puede verse colmada por los libros, demasiado lentos en su aparición y divulgación. De aquí la proliferación de publicaciones científicas en los diferentes campos, en forma de boletines y revistas de diferente periodicidad. En los últimos años, incluso ellas se han vuelto demasiado lentas y han visto  sustituido su papel por sus correspondientes versiones electrónicas.
   El mundo de las publicaciones científicas tiene características muy peculiares. Por una parte, su mantenimiento exige una cantidad significativa de dinero. Se necesita pagar a todos o a parte del comité de redacción, del personal encargado de las revisiones, además de los costes de maquetación, de impresión y de distribución. Obviamente, ninguna revista científica tiene un público amplio dispuesto a sufragar lo que cuestan. Más bien sus posibilidades de subsistencia se hallan en  un procedimiento contrario, subir su precio hasta el punto de que los suscriptores particulares no puedan pagarlo. Entran entonces en juego los suscriptores institucionales, bibliotecas y departamentos, a los cuales se les puede exigir cada año más dinero sin un límite claro. Estas suscripciones apenas si lograrán mantener a la revista en cuestión en el nivel de la más pura subsistencia, en la incertidumbre constante de si habrá fondos para publicar el próximo número o no, a menos que la revista en cuestión goce del apoyo de alguna institución... o pueda introducir publicidad. Por definición, esta segunda posibilidad queda prácticamente excluida en el caso de las revistas de humanidades o definitivamente “teóricas”. Sin embargo, conforme nos vamos acercando a la praxis, la publicidad adquiere cada vez mayor importancia. Y así llegamos a una ciencia decididamente práctica como la medicina y a esas impresionantes revistas que se gastan en las que tan bien quedan los anuncios de las empresas farmacéuticas. ¿Cuánto tiempo podría subsistir una de estas revistas sin los ingresos de semejantes anuncios?  Por tanto, los artículos “científicos” que aparecen en ellas deben cumplir con los requisitos propios de la ciencia y con los intereses de los anunciantes que garantizan la existencia misma de la revista y de la posibilidad de que los avances científicos se hagan públicos, quiero decir, de la ciencia misma. La “ciencia” queda así sometida a los libres designios de un mercado que ha encumbrado a un puñado de empresas al nivel de poder decidir lo que se publica o no. Sin embargo, no se entenderá la situación en la que nos encontramos, si se piensa en tal poder como una simple censura. Ocurre exactamente lo contrario. Las empresas farmacéuticas, como todo régimen represivo, hace proliferar los discursos acerca de aquello que le interesa, publicando supuestos estudios redactados por sus departamentos de marketing y firmados por prestigiosos especialistas del sector, aireando informes acerca de los beneficios de medicamentos que no han superado la fase clínica y sembrando la alarma sobre los sectores en los que se halla próxima a comercializar medicamentos. De este modo, la industria, el capitalismo, la “libertad del mercado” ha conseguido corroer la supuesta objetividad de la ciencia hasta dejarla vacía de contenido. El problema radica en que Lysenko se dedicaba a sembrar trigo, la industria farmacéutica nos suministra los supuestos remedios contra nuestras enfermedades.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Hipertensos todos

   Vivimos en un mundo tan triste y con tantas malas noticias que me emociono cada vez que leo una buena, aunque afecte a un número muy reducido de personas. Y si se trata de que ese reducido número de personas lleva años luchando ferozmente para conseguir un objetivo y, al fin, lo ha logrado, casi no puedo evitar que se me salten las lágrimas. Eso me ocurrió el viernes. Ese día, cautivada y convencida la Asociación Americana del Corazón, el big pharma, alcanzó su objetivo de fijar la definición de hipertensión arterial en unos valores de 130/80 mm Hg. Una guerra ha terminado... Ahora empieza otra. Mientras tanto, la vanguardia de los defensores de la salud que conforman los altos directivos y accionistas mayoritarios de las grandes empresas farmacéuticas brinda con champán, no por la cantidad de vidas que van a salvar, desde luego, sino por la lluvia de millones que se les viene encima. Se lo tienen merecido. Han peleado con su habitual tenacidad, empleando todo tipo de métodos, desde la presión informativa al puro y simple soborno, para expandir su mercado desde un tercio de la población hasta casi la mitad de ella. Porque, en efecto, desde ayer la mitad de la humanidad se halla presa de la plaga del siglo XX (y XXI). No hemos de olvidar que al 46% de personas cuya tensión se sitúa en los umbrales del 130/80, hemos de añadir el 10-15% de personas hipotensas. Tampoco hemos de olvidar que la Asociación Americana de Cardiología, recomienda comenzar la vigilancia de la tensión arterial a los tres años. Y, finalmente, no hemos de pasar por alto que uno no “hipertensiona”, ni “tiene la tensión alta”. Si en un par de ocasiones las mediciones de su tensión arterial han sobrepasado los umbrales marcados actualmente, de modo automático, se dice de Ud. que “es hipertenso”. Se “es hipertenso” todo el tiempo que las cosas “son”, quiero decir, se “es hipertenso” todo el tiempo que se “es hombre o mujer”, “Darth Vader es el padre de Luke Skywalker”, o que “dos más dos son cuatro”. Por tanto, si le han controlado la tensión desde los tres años y con catorce unos pandilleros del barrio le dan una paliza en la esquina y el matón del instituto la toma con Ud. en el recreo y sus padres se separan, hará bien en tomar pastillas contra la tensión alta durante los siguiente 65 años de su vida. Si no me creen, hagan la prueba. Vayan a su médico y explíquenle que tuvieron una etapa en la que su tensión subió por encima de los 130/80, pero que de ese período han pasado 15 años, sin que hayan vuelto a tener la tensión alta. Pregúntenle si pueden dejar de tomar la pastillita diaria y obtendrán la misma respuesta inmisericorde: “tú sigue tomándola por si acaso”. Su médico se ahorrará terminar la frase aunque Ud. no dejará de oírla resonar en su cabeza “... porque tú eres hipertenso”.
   Ya tenemos aquí al filósofo loco de siempre diciendo las tonterías que sólo un filósofo puede decir. ¿Acaso no sé que la hipertensión aumenta el riesgo de sufrir infartos de miocardio? ¿Acaso nadie me ha explicado que los infartos constituyen la principal causa de muertes en occidente? ¿Qué pretendo, que la gente renuncie a un fácil medio a su alcance de evitar la muerte?  Me gustaría pensar que sí, que realmente pretendo el disparate de evitar que la gente renuncie a un fácil medio de evitar la muerte, me gustaría no saber que los infartos constituyen la principal causa de muerte en occidente y me gustaría no haberme preguntado nunca si la hipertensión aumentaba los riesgos de infartos de miocardio. Los filósofos del siglo XX creyeron que en nuestras cabezas hay los pensamientos provocados por ciertas moléculas que fluyen por nuestro cerebro, después se tomaban sus pastillas contra la tensión y nunca llegaron a preguntarse si acaso no pensarían todos lo mismo porque tomaban las mismas pastillas. A mí me gustaría haberme tomado también sus pastillas y pensar como piensa todo el mundo y creer lo que todo el mundo cree y leer lo que todo el mundo lee. Pero no, un día se me ocurrió leer el informe de 1985 en el que se decía que de cada 850 hipertensos medicados, uno se libra del infarto y eso con los estándares de hipertensión manejados en 1985. Con los aprobados el viernes, la cifra se puede rebajar a uno de cada mil y pico.
   Se me ocurrió leer la historia de Vioxx, el fármaco contra la hipertensión de Merck, que mató a más de 140.000 personas por infarto, efecto secundario que la empresa conocía desde las pruebas clínicas y que ocultó, pues, de acuerdo con las máximas de la industria farmacéutica, no debes dejar nunca que unas cuantas muertes te arrebaten un buen negocio. Merck ganó con Vioxx 2.500 millones de dólares y ha pagado hasta ahora 970 en indemnizaciones. En la fecha de su retirada, la empresa había comenzado a financiar estudios que demostraban su eficacia en el tratamiento del acné.
   Se me ocurrió, en fin, informarme de que la hipertensión no existe en las sociedades de cazadores-recolectores ni en las centradas en el pastoreo y que la hipertensión, como los infartos, afectan, sobre todo, a personas sometidas a discriminación, bajo estatus social y trabajos estresantes. La hipertensión no constituye la causa última del infarto, constituye únicamente una señal de alarma. Señal de que vivimos una vida muy diferente de la que vivieron nuestros antepasados, de lo que hasta ahora se había considerado una vida humana. Así pues, sólo me quedaron dos opciones, o concluir que el etiquetado como hipertensos de la mitad de los seres humanos constituye una estrategia descarada por hacer caja y que acabará por enfermarnos a todos gracias a los efectos secundarios de los modernos hipotensores o concluir que tratan de ocultarnos la morbidez de nuestras sociedades occidentales a base de empastillarnos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

PNC

   El principio de no contradicción (PNC, en su abreviatura típica en español), constituye uno de los pilares básicos de la lógica clásica desde los tiempos de los eléatas Parménides y Zenón, que lo usaron con soltura. Dice que no se puede predicar de algo, a la vez, una cosa y su contraria. Para los griegos debió constituir un regocijante logro haber hallado algo que parecía una evidencia matemática referida a realidades no matemáticas. Proporcionaría algo así como la certeza última de que todo se hallaba organizado racionalmente, de que existían verdades eternas a las cuales uno se podía aferrar por mucho que los escépticos pretendieran mover el árbol del conocimiento. No obstante, tal y como lo utilizaron, más que un principio, constituía una herramienta para desenmascarar embusteros, pues si se llegaba a una contradicción, resultaba evidente que habríamos de negar las premisas de las cuales partimos.
   La expansión de las religiones monoteístas cambió sensiblemente el panorama. Un Dios omnipotente difícilmente podía ver con buenos ojos algo tan inmutable fuera de sí mismo. La cuestión se transformó, pues, en si Dios podría crear algo contradictorio, un día con luz solar, un triángulo con cuatro lados o un hombre no vanidoso. Como cabía esperar, la polémica se inclinó hacia la idea de que sí, que la omnipotencia de Dios se hallaba por encima de cualquier principio lógico, de modo que Dios podía crear lo que le viniera en gana. El mundo habría resultado de su entero arbitrio sin tener en cuenta ley, norma o principio alguno. Tal opción no dejaba de producir vértigo ya que implicaba que asesinar debía calificarse como algo malo porque Dios lo había querido así y no porque hubiese nada malo en el acto mismo de asesinar a alguien. Mientras que teológicamente la disputa enfilaba esta dirección, en lógica comenzó a formularse un argumento no menos sorprendente y que encontramos enunciado en Duns Scoto de esta manera: “Sócrates corre y no corre, luego tú estás en Roma”. Se puede demostrar la corrección de tal argumento y, de hecho, constituye otra regla lógica, conocida como Ex Contradictione Quodlibet (EXQ), que quiere decir que si hemos llegado a una contradicción, a partir de ahí se puede extraer cualquier conclusión. Las repercusiones para la disputa teológica resultan evidentes. Colocado por encima del principio de no contradicción, Dios puede hacer lo que quiera. O, dicho de otro modo, si nos embarcamos en un discurso que, como el bíblico, hace caso omiso del principio de no contradicción, entonces la lógica, la razón, ya no nos sirven para entender las cosas y sólo nos queda la fe, “credo quia absurdum”, que decía Tertuliano.
   Parece, como todas las polémicas medievales, algo abstracto y alejado de la realidad cotidiana, ¿verdad? Pues apliquémoslo ahora a la política. Que se obtengan cargos y prebendas gracias a unas leyes a las cuales, ipso facto, se les niega toda validez; que se reciba dinero de un gobierno con el cual se pretende negociar de tú a tú; que un partido se diga anticapitalista y, a la vez, establezca un pacto indisoluble con la quintaesencia del capitalismo español (la burguesía catalana); que el inefable Oriol Junqueras aspire a ocupar el cargo de Puigdemont a quien no deja de reconocer como el President legítimo; que se rechace la vigencia de la Constitución, pero se acepte sin rechistar la aplicación de uno de sus artículos (el famoso 155); que se aliente a la lucha pacífica contra la aplicación de tal artículo mientras que quien lanza tal mensaje se dedica a hacer turismo por Bruselas; que se subraye la firme voluntad de permanecer en la Unión Europea pese a abandonar España y, al mismo tiempo, se busque refugio bajo el ala más nacionalista y euroescéptica del arco político comunitario; que alguien ejerza el cargo de presidente del gobierno catalán en el exilio mientras se presenta al cargo de presidente del gobierno catalán en el interior; todas estas constituyen otras tantas infracciones del principio de no contradicción, al cual, como al resto de leyes lógicas y jurídicas existentes, el independentismo catalán se ha puesto por montera. Los licenciados en historia de este país se hallan al borde de una epidemia de úlcera de estómago de tanto oír que el imperio romano se hubiese hundido diez siglos antes de no haberse apoyado en Cataluña, que a Colón lo parieron en los països catalans, que Els Segadors nació como un himno nacionalista, que en el siglo XVIII Cataluña sufrió no las consecuencias de la Guerra de Sucesión al trono de España, sino la invasión española, que Wilfredo el Velloso ejerció como presidente de la primera República Catalana Independiente, etc. etc. Semejantes desafueros, sin embargo, apenas si alcanzan el estatus de corolarios de las violaciones del principio de no contradicción.
   Ciertamente, muchos filósofos del siglo pasado me objetarían la relatividad de cualquier principio, el carácter eurocéntrico de la lógica clásica, incluso habrá quien invoque la desternillante dialéctica materialista para apoyar a los que tratan de quitar del tablero cualquier certeza última, cualquier verdad indudable. Ninguna de tales objeciones evita apelar a la regla Ex Contradictione Quodlibet y extraer como consecuencia que si el principio de no contradicción ha muerto, todo vale. Por tanto, los votantes de quienes tan vociferantemente han abjurado de él, no buscan un proyecto, un plan de futuro, unas nuevas normas de convivencia, se entregan, simplemente, al caprichoso arbitrio de los que, bajo el estandarte de la nueva fe, han de conducirlos a la tierra prometida, esa que se halla a los pies del precipicio.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Banderas (4. Parentesco)

   En una entrada excelente de su blog, Juan Pérez Ventura, nos cuenta la existencia de familias de banderas que, como todos los parecidos familiares, se debe al hecho de compartir un código (algo que, por cierto, olvidó cierto famoso arquitecto metido a filólogo). Así tenemos, en primer lugar, a la gran familia comunista, con sus bonitas banderas rojas con estrellas como China y Vietnam.

República Popular China
República Socialista de Vietnam












Debieron destacar poderosamente en la selva cuando, a finales de los años 70, estos dos países mantuvieron un conflicto armado que pasó prácticamente desapercibido en occidente. Sus causas últimas no se hallan del todo aclaradas, aunque parecen encontrarse en la contundente respuesta del régimen vietnamita (la invasión de Camboya) a las continuas provocaciones de los alucinados jemeres rojos, aliados de China. En cualquier caso, desde entonces las relaciones entre ambos países resultan pródigas en reclamaciones territoriales y desconfianza.
   Por no abandonar Asia, Juan Pérez nos recuerda la omnipresencia del círculo en las banderas de las dos Coreas, Japón, India, Laos, Taiwan... En el caso de Corea del Sur evoca claramente la oscilación del Ying y el Yang, que, a su vez, aparece como la Luna y el Sol, símbolo este último recurrente en las banderas japonesas. 

Estado de Japón
República de Corea

República Popular Democrática de Corea

Famosa versión de tal símbolo lo constituye la bandera del sol naciente. 

Insignia de la armada japonesa

Enarbolada por el ejército japonés en la conquista de medio Oriente, despertó una ola de odio hacia todo lo proveniente de dicho país que no ha cesado 70 años después. Con frecuencia se pasa por alto que la manía del Corea del Norte por malgastar los pocos recursos de que dispone tirando misiles en el mar de Japón intenta, precisamente, capitalizar ese sentimiento común a toda Corea de odio hacia lo japonés.
   En 756, Abderramán I proclamó la independencia del Emirato de Córdoba (sí, esto también se inventó en el Sur y se lo apropiaron los del Norte) respecto del Califato de Damasco. Los abasíes que lo gobernaban no dudaron en enviar un agente con objeto de sublevar a los musulmanes de la península y recuperar el control de estas tierras. La rebelión no prosperó y Abderramán mandó la cabeza del agente, envuelta en la bandera que enarboló, a sus señores de Bagdad. Los abasíes no volvieron a intentar discutir el poder del emir de Córdoba, sin embargo, desde entonces, gran número de revueltas árabes se han llevado a cabo bajo banderas negras, el color de los abasíes, como la que presidió aquella rebelión. De aquí que multitud de países árabes utilicen banderas con dicho color (frecuentemente mezclado con el verde del Islam). Los llevaban las tropas iraquíes que invadieron Kuwait,

República de Irak
Estado de Kuwait










el ejército de Jordania que luchó contra los palestinos en el denominado septiembre negro

Reino Hachemita de Jordania
Estado de Palestina










y rivales del panarabismo como Libia y Egipto.

República Árabe de Egipto
Bandera de Libia entre 1969 y 1977










   Algo muy parecido a lo que ocurre en Oriente próximo lo encontramos también en el ámbito eslavo esta vez con los colores rojo, azul y blanco.
República de Eslovenia
República de Croacia











República de Serbia

Resulta de dominio público que Eslovenia, Croacia y Serbia surgieron de la desintegración de Yugoslavia en medio de una guerra incivil, pródiga en matanzas, limpiezas étnicas y barbaridades de todo cuño.

Yugoslavia

   El caso de Yugoslavia se había producido con anterioridad en la Gran Colombia, país nacido en torno a 1819 como un intento de consolidar la independencia de las antiguas colonias españolas en forma de un Estado suficientemente grande y poderoso como para afrontar cualquier intento de la metrópolis por restablecer su control sobre dichos territorios. 

Gran Colombia

Tras una década de turbulencias, las minorías criollas locales de cada uno de los territorios se inclinó por fracturar la Gran Colombia en países lo bastante pequeños como para que la masa de la población indígena resultase más manejable, la historia de siempre. De ahí surgieron las actuales Colombia, Ecuador, Venezuela y, posteriormente, Panamá. Las tres primeras comparten colores y disposición de los mismos en sus banderas. 

República de Ecuador
República de Colombia



República Bolivariana de Venezuela

Además, comparten un idioma común, lo cual les ha permitido entenderse sin problemas a lo largo de dos siglos cada vez que se insultaban. Entre medias han quedado, guerras, crisis diplomáticas, reclamaciones territoriales, injerencias en las guerras civiles y apoyos a los movimientos guerrilleros del vecino sin fin.
   Este breve repaso nos permite extraer una conclusión de carácter general, a saber, que cuanto mayor parecido exista entre las banderas de dos países y más trayectoria histórica compartan, peor resultarán sus relaciones pues, como todos sabemos, no hay pelea más sangrante ni con efectos más duraderos que la que se produce dentro de una familia. Ahora, con estos datos en la mano, les dejo una bonita adivinanza: ¿qué clase de relaciones pueden tener quienes se sienten identificados con estas banderas?
Reino de España
Cataluña
Aragón













domingo, 29 de octubre de 2017

Banderas (3. Los colores de la nación)

   Como buenos hermeneutas del siglo pasado, los vexilólogos se dedican a interpretar las banderas sin explicarnos por qué a ellas (y no a cualquier otra cosa) se las trata como símbolos. A lo sumo, se remiten a la noche de los tiempos y nos hacen un recorrido por la historia de los estandartes, aniquilando cualquier distinción entre ellos y las banderas. Ciertamente, los estandartes constituían representaciones, más o menos estilizadas, del tótem, el animal o cosa de la que el clan cree descender y con el que se identifica, procedencia que apenas si queda disimulada incluso en épocas tan tardías como el Egipto dinástico. El estandarte presentaba, sin embargo, un importante problema que lo aleja de las banderas actuales. Tallado en madera resistente, debía poder transportarse por unidades militares cuya velocidad de movimientos constituía una de sus claves. Como consecuencia, los estandartes más grandes resultaban poco visibles con el ejército en marcha y menos cuando éste acampaba. Para aligerar su peso se sustituyó la talla por tela, en la cual no dejaban de representarse animales. Aparentemente cercanas ya a nuestras banderas, estos emblemas cosidos siguen presentando una diferencia fundamental respecto de ellas, a saber, tenían al viento por su principal enemigo. Clavadas en una madera horizontal, el propio avance de la unidad hacía que se enredaran en su mástil, así que se utilizó, de modo general, una tela tan pesada como pudiera encontrarse y se les añadió, con frecuencia, cordones y borlas de brillantes colores que pudieran identificarlas incluso cuando se hallaban en semejante circunstancia. Habiendo ganado en tamaño, seguían resultando poco visibles en medio de campamentos militares cada vez más grandes.
   Banderas en el sentido en que las conocemos sólo pudieron surgir cuando y donde se comenzó a trabajar un tipo de tela resistente a las tensiones causadas por el viento. No hubiese constituido buen agüero crear banderas que debían sustituirse a los pocos días de izadas debido a que se deshilachaban de tanto ondear. Eso, evidentemente, nos conduce a la seda y a su lugar de procedencia. China, desde luego, constituye un buen origen para las banderas en el sentido en que las conocemos hoy día, pues, recordemos, desde los tiempos más antiguos, los historiadores nos narran las luchas por la unificación del país. Se cuenta que el rey o emperador y su bandera nunca iban juntos, pues la captura de uno de los dos sentenciaba el combate. Incluso con el emperador capturado, si su bandera permanecía en manos del ejército que comandaba, a éste le cabía la posibilidad seguir luchando, sin que la inversa pudiera considerarse siempre cierta. Tenemos, pues, el símbolo materialmente constituido como lo conocemos, pero aún no funcionalmente. En efecto, no cualquiera podía portar las banderas así entendidas. Si la victoria militar dependía de su captura, únicamente soldados especialmente entrenados y de particular confianza podían llevarla. Todavía más, mantenerla más o menos oculta o, en todo caso, hacerla poco visible, resultaría ocasionalmente requisito para su mantenimiento en las manos que interesaba. En algún momento debió producirse la inversión de términos que hizo de su multiplicación el punto fuerte de su salvaguarda. Si cualquiera puede enarbolarla, su captura carece de significado estratégico, además de multiplicar su visibilidad. 
   Desde China, las banderas siguieron la expansión del Islam, que las usó con fruición hasta llegar a su enfrentamiento y victoria sobre los estandartes visigodos. Poitiers logró detener la expansión del Islam, pero no de las banderas, que proliferaron entre los reinos cristianos hasta el punto de que ya no supieron entenderse sin ellas. Lejos de la leyenda de que las naciones se otorgan banderas con sus símbolos identificativos, tenemos que las banderas llegaron a Europa en la protohistoria de sus naciones, contribuyendo de modo decisivo a su formación. Este hecho, que las banderas acaban por originar naciones y no al contrario, podemos verlo muy claramente en un fenómeno creciente en el deporte.


   En 1933, entraron en la liga de fútbol americano los Pittsburgh Pirates, con su uniforme negro, oro y blanco, en plan abejita. Radicados en uno de los centros productores de acero de los EEUU, pasaron a denominarse Pittsburgh Steelers hacia los años 40. Equipo duro y tenaz desde siempre, ningún otro ha ganado más títulos de la NFL desde 1967 hasta el presente. En 1975, el periodista John Facenda acuñó el nombre de Steelers Nation para referirse a sus fans dentro y fuera de Pennsylvania, término que aficionados y equipo reproducen allí donde pueden a la menor ocasión.


Desde entonces, han venido surgiendo otras naciones agrupadas tras otras tantas banderas de nuevo cuño. Así tenemos la Raider Nation en Oakland, la Red Sox Nation, esta vez referida a uno de los equipos de béisbol de Boston y la Cardinal Nation, también seguidores de un equipo de béisbol en esta ocasión de San Louis. Y, por supuesto, no debemos olvidar que el Barça “es más que un club”. 
   Tomemos cuanto llevamos visto, quiero decir, tomemos que una bandera carece por completo de carácter simbólico si no se la ve y la mejor manera de que se la vea consiste, obviamente, en fabricarlas de tamaño inmenso, pero también en reproducirlas de modo que aparezcan por todas partes. Si ahora unimos esto con el rasgo definitorio de nuestra era, la imagen, comprendemos la necesidad estratégica de multiplicar las banderas hasta el infinito para que cada imagen que se tome capte una. También lo podemos decir a la inversa, una época en la que la imagen constituye la superficie única de la realidad, lleva inevitablemente a la proliferación de las banderas hasta el infinito. Añadámosle ahora que toda bandera constituye condición de posibilidad del surgimiento de una nación, habremos de concluir entonces que una época fascinada por las imágenes sólo puede conducir al crecimiento sin límite de todo género de nacionalismos.

domingo, 22 de octubre de 2017

Banderas (2. Vexilologueando)

   El proceso siempre ocurre de la misma manera. Primero, alguien introduce la idea de un modo teórico, abstracto, aséptico. Si no recibe demasiadas críticas, se convierte en idea política y si obtiene algunos apoyos, se transforma en ley. Antes de que reapareciera en la política española, la Cruz de Borgoña había tenido un renacer mucho más silencioso y en un contexto que, por alejado de las cámaras de televisión, hizo que nadie reparara en él. En efecto, una versión en pequeño de la Cruz de Borgoña lo constituye la bandera de la Sociedad Española de Vexilología. 


La vexilología, disciplina inventada por Ottfried Neubecker y popularizada por  Whitney Smith, se dedica al estudio y, cómo no, a la invención de nuevas banderas. De hecho, los vexilólogos españoles, envalentonados, decidieron celebrar el 25 aniversario de la constitución de su sociedad con (¿lo adivinan?) una bandera que mezclaba una Cruz de Borgoña ya poco disimulada con la bandera confederada. 


A lo mejor consideran las hazañas de la Sociedad Española de Vexilología una expresión más de lo que decía mi abuela, que tiene que haber gente para todo. Yo creo que no, que se trata de auténticos visionarios que han localizado el nuevo nicho que se abre en el mercado laboral. En efecto, en los edificios oficiales en los que estudié, había un único mástil donde ondeaba la bandera de España. Ahora ya tiene que haber cuatro, uno para la insignia nacional, otro para la autonómica, otro para la local y no puede faltar la bandera de la Unión Europea. No entiendo muy bien por qué las provincias no tienen también su propia bandera, pero más sorprendente resulta la poca atención que han prestado los expertos en imagen corporativa a las banderas. Insisten mucho en la repetición por todas partes de los colores que identifican a la marca, en la omnipresencia del logo correspondiente y en la necesidad de repetir en todos los rincones el último eslogan creado por el departamento de marketing. Sin embargo, olvidan el indudable fenómeno identitario que producen las banderas y que podría conducir a los empleados a pensar que de verdad participan en una empresa, una empresa que dice algo de ellos y con la cual se pueden identificar. Enarbolando una bandera resultaría extremadamente fácil convencerlos de que se hallan en una competición diaria entre “nosotros” y “ellos”. En lugar de esa reunión matutina en la que los empleados terminan autojaleándose, práctica bastante habitual en Oriente y en algunas multinacionales, yo propondría que cada mañana comenzase con el izado de la bandera y la interpretación de una fanfarria encargada ex profeso. Sin duda, contribuiría a un incremento de la coherencia pues dejaría claro a todo el mundo la naturaleza de eso a lo que llamamos “el libre mercado”.
   La bandera de empresa debería colocarse bien visible en todas las marcas del grupo empresarial para que clientes y empleados pudieran reconocer e identificar fácilmente en manos de quién se hallan o, como gusta decir a los teóricos de imagen corporativa, “para transmitir los valores de la empresa”. Se me dirá: “eso ya ocurre”. No exactamente. Lo que solemos encontrarnos en la entrada de un concesionario de coches corresponde a lo que en alemán se llama una Fahne, diferente de una Flage. La Fahne corresponde a las banderolas que solemos ver actualmente y que no pasan, por lo general, de un insulso fondo blanco sobre el que se destaca el logo de la marca. A efectos vexilológicos, las empresas no han pasado la etapa de las banderas anteriores a las insignias nacionales, meros símbolos de las casas reinantes y que, como en el caso de España, confundían a los ejércitos en combate pues por todas partes reinaban los Borbones. Se trata de reducir el tamaño de los emblemas, quiero decir, de los logos, hasta hacerlos algo secundario y de utilizar la paleta de colores identitarios de un modo mucho más poderoso para generar verdadera adhesión, auténtica pasión por ellos. Con una bandera, haciendo que los empleados la sientan de verdad, rendirían más, protestarían menos ante nuevas condiciones laborales y podría regateárseles aún algo de sus salarios.
   La utilización de banderas de marca solucionaría muchos de los problemas actuales de las grandes empresas. Resulta muy confundente que el Banco Sabadell tenga su sede en Alicante o que Caixabank tenga su sede en Madrid. Enarbolar una bandera en cada una de sus oficinas dejaría bien claro dónde residen. Por supuesto, no me refiero a una bandera española, me refiero a una bandera propia. Yo propongo, por ejemplo, un billete de 500€ con los colores característicos de la corporación. De este modo quedaría para siempre claro a quién reconocen por su Dios, su Patria y su Rey, más allá de los vaivenes políticos que puedan acontecer. No se trata sólo de las entidades financieras, hace poco leí un artículo sobre la utilidad de la imagen corporativa en las farmacias y no, no se refería a las empresas farmacéuticas, se refería a las farmacias que hay en cada esquina de nuestras ciudades. El autor mostraba la cohesión y, como consecuencia, el aumento de la eficiencia que producía en las farmacias poseer una potente imagen corporativa. Nada mejor para maximizarla que una bandera. De este modo tendríamos banderas no ya al lado de cada cajero automático, sino en cada farmacia. Eso sí, correríamos el riesgo de que cada una de ellas acabase engendrando una nación con deseos de independencia.

domingo, 15 de octubre de 2017

Banderas (1. La Cruz de Borgoña)

   Quien exhibe una bandera muestra, ante todo, su ignorancia. Por eso la pretensión de los filósofos del siglo XX de interpretar los símbolos resulta tan sospechosa, porque oculta bajo la mesa el proceso de su constitución. Ningún icono habría sido fabricado si el oro no hubiese llegado a las manos de los orfebres desde lejanas minas, ningún texto podría traducirse sin haberse transcrito previamente y ninguna bandera ondearía sin toda una sucesión de usurpaciones que resultan otros tantos ejercicios de poder. Los hermeneutas huyen de tales cuestiones como del demonio, pues ponen a las claras el chiringuito al que sirven sus especulaciones. Más pronto que tarde la pregunta acerca de qué "son" tales o cuales símbolos, el expreso deseo por eludir la cuestión de por qué hay estos símbolos y no cualquier otra cosa, la sucesión de interpretaciones tan válidas las unas como las otras, acaba generando la diarrea interminable de majaderías que hemos tenido que soportar en lo que llevamos de este aciago mes de octubre. De entre ellas no ha sido la menor ver ondear de nuevo la Cruz de Borgoña.

   La Cruz de Borgoña, para quien no lo sepa, constituye el emblema del carlismo. Explicar en qué consiste el carlismo y sus diferentes facciones merecería un blog aparte, de modo que no me voy a meter en demasiadas profundidades, bástenos decir que durante mucho tiempo constituyó un movimiento político tradicionalista, antiliberal (en todos los sentidos del término “liberal”) y partidario de una rama alternativa de los Borbones para el trono de España. “Dios, Patria, Rey” conformaron su divisa hasta que alguien les pegó por detrás el de “Fueros”. Con tal añadido, se convirtió en motivo de tres o cuatro guerras civiles en nuestro país durante el siglo XIX, para acabar en las filas del levantamiento franquista que no dudó en poner sus cruces en algo tan poco tradicional y apegado a la tierra como los aviones del ejército (con objeto de diferenciarlos claramente del bando republicano). Pues bien, la Cruz de Borgoña, la bandera de fondo blanco con una cruz roja simulando los nudos de un árbol, la trajo a España el hijo de María de Borgoña y Maximiliano I de Habsburgo, conocido como Felipe “el Hermoso”. Por tanto, se trata de la insignia de un príncipe extranjero y de su guardia pretoriana. Sin embargo, pasó a convertirse en la bandera de España o, al menos, de su corona o de sus ejércitos, con la llegada al trono del hijo de Felipe y Juana I de Castilla, “la loca”, quiero decir, con Carlos I de España y V de Alemania. 
   Todo el mundo conoce la historia de que en 1785, Carlos III eligió, de entre los doce modelos presentados por Antonio Valdés y Fernández Bazán, la actual bandera de España. Menos conocido resulta que, en realidad, eligió dos diseños, uno para la armada y otro para la marina mercante. Este segundo, con franjas alternativas amarillas y rojas, mejor no les explico a qué bandera se parece. Tampoco suele citarse que durante casi sesenta años, tales pabellones adornaron exclusivamente nuestros barcos. La bandera nacional y las de los ejércitos continuaron dominadas por la bandera de los Borbones y la Cruz de Borgoña respectivamente hasta el Real Decreto de 13 de octubre de 1843 sancionado por Isabel II que reconocía como nacional la bandera ganadora del concurso de 1795. De hecho, incluso hoy día, la Cruz de Borgoña forma parte de los símbolos incluidos en las banderas de multitud de regimientos del ejército español. Dicho de otro modo, la Cruz de Borgoña, la bandera tradicional del tradicionalismo más rancio del país, el sagrado símbolo del carlismo, formó parte siempre de las insignias del ejército liberal que combatió contra los carlistas en 1833-40, 1846-9 y 1872-6. La utilización por parte de los carlistas que participaron en esas guerras de este emblema constituyó, en realidad, un intento por apropiarse de unos símbolos ajenos, los del poder central. Los carlistas no tomaron como propia dicha bandera hasta 1935, cuando el onubense Manuel Fal Conde, tan diestro en romper cráneos de izquierdistas como lego en historia, reagrupó las unidades paramilitares del carlismo para conformar el Requeté. Así, el carlismo, todo tradición y culto a los ancestros él, acabó identificándose con el símbolo que portaban quienes fusilaron a sus antepasados.

domingo, 8 de octubre de 2017

Contra la especialización (2 de 2)

   Platón, puso el énfasis demasiado pronto y demasiado ingenuamente en algo que hubiese sido mejor para todos que nadie hubiese notado, a saber, que el devenir del Estado dependía de la educación. Desde entonces, las clases dirigentes no han dejado de utilizar la educación como un arma para perpetuarse en el poder. Hasta qué punto resulta cierto esto, lo podemos ver en el pseudoargumento de que nuestros sistemas educativos deben producir especialistas que satisfagan las demandas del mercado. Para empezar, el proceso que conduce a la especialización, no es nada diferente de organizar las clases sociales en función de las habilidades infantiles de los individuos, tal y como quería Platón. Habilidades infantiles que, salvo generación espontánea (de cuya existencia no dudo), tenderán a desarrollarse de acuerdo con el entorno familiar, pues cuanto más se convenza a los individuos del ciego determinismo que rige el mundo, con más frecuencia seguirán sus dictados, aunque éstos no existan. El especialista en implantes mamarios, con poco que se esfuerce, ganará inevitablemente más que el albañil, así que, en plena adolescencia, a los sujetos les corresponde escoger la clase social a la que van a pertenecer o, al menos, el nivel de ingresos que tendrán en su vida adulta. Pero claro, esto no se hace en nombre de una sociedad justa carente de conflictos sociales como pretendía Platón, se hace en nombre de algo mucho más importante, las necesidades del mercado.
   Tomemos el caso de los estudios informáticos o de los ingenieros. Unos estudios universitarios en estos campos, como en el resto, no duran menos de cuatro años. ¿En qué debemos especializar a nuestros estudiantes, en los nichos profesionales más demandados en el momento en que comienzan sus estudios o en los nichos profesionales que, suponemos, serán los más demandados al final de los mismos? Jóvenes convencidos de las salidas profesionales de su especialidad pueden encontrarse fácilmente con que ésta ya no existe cuando efectivamente llegan al mercado laboral. Y, a la inversa, quienes optaron vocacionalmente por especialidades de difícil salida, pueden verse agraciados por un repentino cambio en las necesidades del mercado. Esta semana misma, entre las muchas tontería que publica últimamente, El País incluía un artículo sobre la exigencia de conocimientos informáticos en los economistas, economistas que, de acuerdo con nuestro modelo educativo, habrán abandonado cualquier estudio relacionado con la informática allá por los trece años. 
   La especialización, la especialización en la que se pone tanto énfasis como única posibilidad en el futuro inmediato, constituye, la mayoría de las veces, una engañifa que produce más parados de los que evita. Si de verdad se quiere proporcionar a nuestros jóvenes estudios que les permitan el triunfo en su vida laboral el camino pasa exactamente por lo contrario, por proporcionarles un acervo de conocimientos lo suficientemente amplio como para que les permita orientarse laboralmente sea cual sea la situación. El conocimiento de principios básicos, el dominio de las reglas generales, la visión panorámica y no la estrechez de vista, constituyen las garantías de la adaptación a los cambios del mercado laboral. Alguien con dominio general de, digamos, informática, griego, historia, matemáticas y literatura, está preparado para apreciar los cambios generales, orientarse en una situación cambiante y adquirir rápidamente los conocimientos que se le exigen para una práctica concreta. No tendría problemas para saber el tipo de base de datos que necesita una librería, cómo gestionar los fondos de un museo arqueológico, extraer enseñanzas del pasado para las inversiones del futuro o diseñar una web para promocionar un libro. Sus propios conocimientos le proporcionarían las sinergias necesarias para detectar nuevos nichos de negocio justo en el momento en que estaban naciendo... Pero, claro, estamos hablando de alguien con visión general, capaz de anticipar futuros cambios, capaz de detectar la realidad detrás de los acontecimientos, en definitiva, de alguien difícil de engañar agitando una bandera, apelando a emociones básicas o farfullando palabras tan grandes como vacías. Quienes reducen su horizonte a una pequeña zona del mercado o del conocimiento pierden amplitud de miras y les resulta extremadamente difícil comprender el significado último de todo aquello que cae fuera de su estrecho horizonte. Crear especialistas constituye un modo de avanzar más rápido en disciplinas cada vez más reducidas y compartimentadas a la vez que se impide que el saber se erija en barrera contra el poder. Esa es la razón por la cual se vocifera con tanta insistencia su necesidad y no las supuestas exigencias de un mercado tan cambiante que lamina constantemente los nichos que va creando.

domingo, 1 de octubre de 2017

Contra la especialización (1 de 2)

   La educación constituye uno de los temas recurrentes del pensamiento de Platón. Desde sus primeros diálogos, comienza a desgranar ideas sobre la misma. Platón se dio cuenta de su importancia política y que sería imposible tener un Estado medianamente funcional si no se poseía ciudadanos adecuadamente formados. Por tanto, la educación debe constituir uno de los elementos centrales de un Estado que quiera sobrevivir y creo recordar que en el diálogo Leyes llega a decir que lo que hoy llamaríamos el Ministerio de Educación, debe estar dirigido por el mejor hombre que haya en el país. Esta idea de colocar la educación en manos del Estado rompe con la tradición ateniense de dejar a los particulares la educación de sus hijos, que llevó a la proliferación de todo género de educadores y escuelas que competían ferozmente por una clientela, preferentemente acomodada e influyente. Como casi siempre, Platón toma como modelo a Esparta, si bien intenta mejorarlo mediante la introducción de unas aspiraciones éticas que en la realidad del Estado espartano brillaban por su ausencia. La educación común y guiada por el Estado de Esparta, tenía como objetivo la pura supervivencia, la victoria militar, sin reparar nunca en los medios utilizados. Por contra, Platón enfatiza que los educadores no deben ser crueles, si bien lo peor que se puede hacer por un niño consiste en ceder a todos sus caprichos. Un cierto orden y disciplina, la ejecución de ciertos castigos, resulta absolutamente necesario si queremos educar adecuadamente a los jóvenes.
   En la República, Platón establecía que cada uno de nosotros hacemos mejor aquello para lo que tenemos dotes naturales. Por tanto, si queremos una sociedad bien organizada resultará lógico que cada uno se dedique a aquello para lo cual se halla capacitado. Platón recomendaba, pues, comenzar el proceso educativo muy pronto, en torno a los tres años, mediante el juego y la música. Los encargados de la educación deben vigilar muy de cerca el comportamiento que los niños desarrollan durante estos juegos y, más pronto que tarde, se los habrá de someter a una prueba que determine sus habilidades o, lo que viene a ser lo mismo, la clase social a la que van a pertenecer. Quienes muestren valor, coraje, habilidades para el combate, la música y las matemáticas, pasarán a englobar la clase de los guardianes. Quienes carezcan de tales habilidades conformarán la mucho más numerosa clase de los productores. Ellos serán los encargados de fabricar todo cuanto el Estado necesite y de proveerlo con los alimentos necesarios. Platón no se detiene mucho en el modo que han de ser educados estos productores, pero todo parece indicar que su educación debe ser eminentemente práctica, dirigida al manejo de las herramientas propias de su profesión y con poco lujo de detalles teóricos, en especial, con poca o ninguna formación en los principios últimos que llevan a optimizar la producción. Estos formarán parte de las directrices impartidas por los gobernantes y no de la creatividad o de la capacidad planificadora de los productores que, simplemente, no debe existir.
   En cuanto a los guardianes, resulta bien conocido que Platón les quiere inculcar, primero música y gimnasia y que, después, los más capacitados, serán educados en las matemáticas y finalmente, en la filosofía. Aquellos que hayan logrado sobrevivir a diez años de matemáticas primero y otros tantos de filosofía después, gobernarán el Estado. A lo mejor no son los más sabios, pero, desde luego, habrán demostrado ser quienes más aguante tienen.
   Naturalmente, Platón era un filósofo, y todos sabemos que los filósofos nunca dicen nada que tenga sentido. Lo de que los gobernantes deban estudiar filosofía suena a cachondeo, de hecho, suena a cachondeo que los gobernantes tengan que estudiar algo. El ministro de educación puede ser cualquiera y resulta mucho más democrático si es cualquiera que no ha tenido ni la más remota relación con asunto educativo alguno. Y que los niños tengan que ser clasificados en su más tierna infancia suena a la más rancia tradición fascistoide. Sin embargo, precisamente hacia eso es hacia lo que vamos. Por supuesto, no se trata de encuadrar a nadie en una clase social por sus habilidades infantiles. Se trata de otra cosa “absolutamente diferente”, a saber, que el amplísimo cúmulo de conocimientos que poseemos resulta inabarcable, por lo que debemos irnos “especializando”, cuando antes. La decisión de qué estudiar, que antes podía tomarse el día mismo en que uno se matriculaba en la universidad, ha ido anticipándose progresivamente y, con nuestro sistema educativo, en torno a los catorce años, un alumno debe ir ya decidiendo el tipo de asignaturas que va a elegir. La optatividad, el abanico de posibilidades y, por tanto, el itinerario educativo a seguir, se abre año tras año a la vez que se cierra la posibilidad de acceder a cierto estudios universitarios en torno a unos pocos caminos homologados para ello. Aún más, se nos insiste en que la universidad está definitivamente alejada del mercado, que en ella no se enseñan las cosas que se necesitan para obtener una salida profesional, que hay que adecuar los estudios universitarios al tipo de trabajadores que se necesita y, claro está, las empresas no necesitan “torneros”, necesitan alguien especializado en la fabricación de cierto tipo de muelles; no necesita “biólogos”, necesita especialistas en la depuración de aguas residuales; no necesita “licenciados en filología inglesa”, necesita alguien que hable acerca del tipo de errores informáticos que se producen en la construcción de redes con los ingenieros de Bombay; y, por supuesto, no se necesitan filósofos, historiadores, ni nadie que haga pensar a los trabajadores. En definitiva, se nos repite con la machaconería que sólo puede acompañar a las mentiras, o nuestro sistema educativo produce especialistas o sólo fabricará parados.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Lo peor.

   He visto ya muchas cosas. He visto cosas que no creeríais. He visto progresistas de toda la vida preguntando por qué el ejército no ha tomado todavía Barcelona. He visto a quienes ahora reclaman una limpieza étnica en la futura República Independiente de Cataluña cantar el Que viva España en la feria de Sevilla. Por eso, cada vez que me preguntan qué va a ocurrir con Cataluña, respondo lo mismo: lo peor, lo peor para todos. No hace falta lucirse para llegar a semejante conclusión. Mal que le pese a muchos, todos somos españoles, así que no sabemos resolver los problemas si no es a las bravas. Además, tenemos, a Don Tancredo, este simpar presidente del gobierno que nos ha caído en gracia, cada vez más pálido, incluso para ser gallego, en el momento más inoportuno y cuya especialidad ha consistido siempre en no hacer nada hasta que no resulta estrictamente necesario. La idea de planificar con antelación algún género de estrategia, de anticipar los movimientos del adversario, de conducirlo hacia donde se lo quiere llevar, tan ajena a éste, nuestro querido país, a él ni se le pasa por la cabeza. Durante años y hasta la fecha misma en que escribo estas líneas, el bloque nacionalista catalán ha llevado la iniciativa, marcando los tiempos, el tablero en el que se iba a jugar la partida y las reglas, mientras el gobierno se limitaba a tomar nota y amenazar con una reacción que sólo se ha producido en el último momento. En definitiva, siguiendo una venerada tradición patria: ¿para qué prever? ya improvisaremos. Por supuesto, ni Don Tancredo, ni la panda de sinvergüenzas del otro lado, tiene la más remota idea de otra historia que la que se han encargado de inculcar en nuestros tiernos infantes para arrimar el ascua a su sardina. Hay dos hechos que permiten predecir fácilmente los hilos del porvenir y que ponen los pelos de punta. El primero de ellos consiste en la inveterada habilidad de nuestro país para manejar mal todo tipo de crisis. Durante siglos, cada crisis que ha aparecido en el horizonte se ha enfocado equivocadamente. Así perdimos el imperio más grande que nación alguna ha tenido, repitiendo los mismos errores una y otra vez desde Flandes a Cuba, pero no en línea recta, no, sino dándole la vuelta al globo y pasando por Filipinas. El segundo consiste en que Cataluña y, particularmente, Barcelona, tiene una larguísima tradición de insurrecciones que han terminado todas igual, en un baño de sangre inútil, desde la guerra de los Segadores en 1640 hasta la Semana Trágica de 1909. Añadámosle un ex-presidente de la Generalitat, Arturito Mas, que se frota las manos y espera y que hace ya meses declaró que celebrarían el referendum, proclamarían la independencia y el Estado español no haría nada. Añadámosle un presidente de la Generalitat, al que su flequillo no le permite ver ni la punta de su nariz y que prometió una consulta popular con todas las garantías democráticas y que ha dado a conocer los colegios electorales correspondientes a través de su cuenta de Twitter, dirigiendo a una página web en la que nadie sabe muy bien qué se hará con los números de DNI que se introduzcan. ¿Qué cabe esperar con todos estos antecedentes?
   Por supuesto, cuando hablo de “lo peor”, doy por descontado que habrá muertos y heridos. ¿Han leído las proclamas de unos y otros? ¿han prestado atención al interlineado que hay en ellas? Están deseando que haya derramamiento de sangre, casi se dan codazos de impaciencia para ver si se trata de un joven con la cabeza abierta o un policía ardiendo. El primer muerto, piensan, es fundamental, especialmente si hay vídeos, fotografías de su muerte, por tanto, tiene que ser uno de "los nuestros". No ahorrarán esfuerzos para conseguirlo, mandando manifestantes a donde saben que menos se los tolerará o dejando algún uniformado aislado al albur de las masas. 
   Me gustó mucho la foto que publicó Julian Assange, la famosa fotografía de un civil ante una fila de tanques, comparándola con la situación en Cataluña. Es muy oportuna... porque muestra claramente la diferencia entre Tiananmén y lo que ocurre ahora mismo en nuestro país. En Tiananmén, los líderes de la revuelta estaban en la plaza misma, compartiendo campamentos, cargas policiales y destino con el resto de estudiantes. ¿Dónde está el Govern de Cataluña? ¿compartiendo los riesgos de la batalla por la liberación con su amado pueblo o cómodamente atrincherados en sus despachos con aire acondicionado? Esa es la obvia diferencia entre Gandhi y Oriol Junqueras, el tamaño de sus barrigas.
   Pero lo peor no es algo que esté por llegar, lo peor está pasando ya. La “defensa de la Constitución” implica la supresión por la fuerza de los hechos de las garantías constitucionales. Por supuesto, nadie va a implantar la censura de prensa. Nadie la va a implantar porque no hace falta. Lean los periódicos de tirada nacional de las últimas fechas y traten de atisbar alguna diferencia entre sus líneas editoriales, algo que pueda etiquetarse de "información objetiva". Analicen la pluralidad  de puntos de vista que presentan nuestros noticiarios. ¿Recuerdan a Buenafuente? ¿recuerdan a Sardá? ¿alguien recuerda a estas alturas que eran deslenguados que decían lo que les venía en gana? Ahora son políticamente correctos, porque entienden muy bien quién les paga. Y hablando de estómagos agradecidos, ¿han leído el escalofriante manifiesto en el que más de 500 profesores universitarios españoles piden al Estado que “haga uso de la fuerza” para frenar el referéndum? ¿Este es el régimen de libertades que queremos defender? ¿así queremos proteger la Constitución? ¿ésta es la “democracia” con la que amaneceremos el 2 de octubre? ¿Con cuánto dinero, con cuántas prebendas habremos de enjugar estos desaires hacia los catalanes? Y los catalanes, ¿con qué amanecerán ese día? ¿con tanquetas en las puertas de los colegios a los que deben llevar a sus hijos? ¿en manos de un Govern experimentado en el arte de saltarse las leyes? Mucho me temo que no tenemos que esperar al dos de octubre, porque ya tenemos encima lo peor.