domingo, 20 de agosto de 2017

Barcelona (1 de 2)

   Quienes están medianamente informados del tema saben que el levante español, al menos desde Valencia, hasta la frontera con Francia constituye un hervidero de grupúsculos islamistas más o menos radicales. El número de detenciones y operaciones policiales efectuadas al respecto casi no se puede contabilizar. La mayor parte de ellas, es cierto, contra células encargadas del reclutamiento y, sobre todo, de la financiación del ISIS y organizaciones afines. No obstante, también se han desvelado planes, en mayor o menor grado de desarrollo para cometer atentados. El discurso oficial, por tanto, consistía en que la eficacia y el buen hacer policial nos mantenía a salvo de tragedias presenciadas en otros países, teniendo claro, por supuesto, las mutaciones a las que nos tiene acostumbrados la “hidra de mil cabezas” y que implican que “no existe la seguridad al 100%” (aunque sí la vigilancia al 100%). Entre medias, aparecían datos que rechinaban. Sorprende, por ejemplo, que, según cifras oficiales, 3.000 personas están siendo vigiladas a mayor o menor distancia por la policía cuando el número de retornados de Siria y territorios afines, insisto, oficialmente, no supera la veintena. Sorprende, también, que se metiera en las estadísticas a la célula que trató de atentar contra el metro de Barcelona en 2.008. Se trató de un grupo de paquistaníes que recibían órdenes directas de un emir de Warizistán, una de las zonas tribales de Pakistán, en las cuales la única autoridad real del Estado la encarnan los agentes de sus servicios secretos. Por tanto, este caso mostraba un terrorismo de naturaleza bastante ajena al resto de los casos como para incluirse en las mismas cifras.
   En medio de lo que parecía una demostración de lo que hay que hacer y cómo por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, se produjeron los atentados del pasado jueves, los cuales han puesto de relieve una realidad sumamente diferente a la que se nos venía ofreciendo. Para empezar, hablamos de una célula formada por, al menos, una docena de personas. Una célula de semejante tamaño, presenta varios problemas. En primer lugar, necesita una dirección muy clara y eficiente, por parte de alguien con la suficiente ascendencia como para reclutar, instruir y ordenar. No hablamos, pues, de un cualquiera, sino de alguien con claras aptitudes, de los que no menudean y que, sin embargo, no había sido detectado. Hemos de recordar, además, que los terroristas se entienden a sí mismos como activistas de una lucha política o religiosa, con lo que pasar desapercibidos, sobre todo, antes de preparar atentados, no suele constituir uno de sus rasgos definitorios. Los datos que la prensa va filtrando hablan, además, de alguien que ya tuvo contactos con autores de atentados anteriores, con sectores radicales de Bélgica y, para acabar de rematarlo, imán de una mezquita. Así que, nuestro imán, desaparece de su mezquita hace dos meses, sin que nadie le preste la menor atención pese a que los cambios en la dirección de las mezquitas deben ser comunicados a la autoridad pertienente. Junto a él se hallaba, como digo, un grupo de doce personas, entre otros, jovenzuelos en una edad que no suele definirse por el disimulo y la ocultación de las tendencias. 
   A falta de otro lugar donde reunirse, parece que okuparon un chalet en la urbanización de uno de esos pequeños pueblos donde todo el mundo conoce a todo el mundo, a 200 kilómetros de su lugar de residencia. Allí se dedicaron a acumular bombonas de butano y a fabricar el famoso triperóxido de triacetona, uno de los agentes antiterroristas más letales de la historia. El TATP reúne tres características excepcionales para matar terroristas: existen multitud de instrucciones para fabricarlo en Internet, se puede hacer con materias de uso cotidiano y resulta extremadamente inestable por lo que, o se tiene mucha habilidad y suerte o se llega al cielo por la vía rápida. Como en la mayoría de los casos en los que alguien ha intentado fabricarlo, eso fue, una vez más, lo que sucedió. Y aquí empieza el sainete.
   Los Mossos d’Escuadra llegan a un chalet derruido por una explosión que hasta ha herido a los vecinos de la potencia que tuvo, ven las bombonas de butano y lo califican como “una explosión accidental de gas”. Intentar averiguar quién, qué y por qué, formaría parte de una investigación que, ya si eso, se llevaría a cabo en algún momento. Lo que queda de la célula terrorista, por el contrario, se cree al descubierto y, en lugar de interpretar lo ocurrido como un signo de que la voluntad de Alá era que no hubiese muertes inocentes, deciden actuar de inmediato sobre objetivos más próximos. Uno de ellos toma una de las furgonetas del grupo y se lanza Ramblas abajo matando a trece personas. 
   Las altas jerarquías de Interior habían mandado hace meses una circular a los Ayuntamientos pidiéndoles que estudiaran el modo de proteger las zonas peatonales ante el menudeo de atentados terroristas sobre ellas en Europa. El Ayuntamiento de Barcelona, tomó la nota del gobierno del país vecino y decidió que, dado que dificultaría las tareas de limpieza, mejor que bolardos “se aumentaría la vigilancia policial” en las ramblas, ha podido observarse con qué resultado. Hemos de ser justos. No se trata del Ayuntamiento de Barcelona, ningún Ayuntamiento ha hecho caso de tales recomendaciones. La norma fundamental de los Ayuntamientos de este país consiste en que, mientras no haya muertos, ¿para qué se va a gastar el dinero en cosas que no sean festejos y jolgorios?

domingo, 13 de agosto de 2017

Auchinleck (2 de 2)

   La estrategia diseñada por Auchinleck fue tan simple como eficaz, aunque, como resultó habitual en su vida, nadie salvo él confiaba en que funcionase. Mientras los militares y diplomáticos de El Cairo se dedicaban a quemar documentos ante la inminente llegada de los alemanes, él colocó toda la artillería de que disponía en las elevaciones de El Alamein, dando órdenes estrictas a sus unidades acorazas y su infantería de no operar más allá del alcance de estas baterías. Al Sur de El Alamein ya solo quedaban las arenas del desierto, con lo que Auchinleck daba por descontado que Rommel no intentaría rodear su dispositivo. Un intenso minado de la zona y el desgaste al que había sometido a las tropas alemanas en su avance, bastaría para detenerlas justo en las puertas mismas de Egipto.
   Rommel (y Auchinleck) sabía que si se detenía, ya no volvería a avanzar nunca más. Sus tropas estaban exhaustas, el número de unidades acorazadas había disminuido considerablemente y los refuerzos y suministros llegaban con cuentagotas. No obstante confiaba en el poder que le daba llevar la iniciativa, en la superioridad de sus carros de combate y en esa ley que dice que un ejército en retirada ya no deja de retirarse. Lanzó contra El Alamein todo lo que tenía a su disposición. Sin embargo, sus esfuerzos por romper la línea defensiva montada por Auchinleck resultaron infructuosos. Cuando intentaba entrar en contacto con los acorazados británicos, la artillería los repelía y cuando intentaba conquistar las elevaciones con su infantería, ésta se tropezaba con los blindados británicos. Tras sufrir numerosas pérdidas sin lograr nada significativo, decidió retirarse y atrincherarse. Auchinleck, presionado por sus superiores, inició un asalto de las posiciones alemanas en el que no creía y que tampoco consiguió nada. El 31 de julio de 1942, la primera batalla de El Alamein había concluido.
   Los británicos perdieron 13.000 hombres, incluyendo neozelandeses, australianos, sudafricanos, indios e ingleses. 10.000 soldados alemanes e italianos habían caído muertos o heridos, 7.000 habían sido hechos prisioneros. El número de blindados alemanes que seguía en funcionamiento era mínimo y los tanques averiados o dañados tenían una esperanza muy remota de ser puestos de nuevo en funcionamiento. Rommel y Auchinleck sabían que, a partir de ese momento, el tiempo corría a favor de los británicos. La esperanza alemana de alcanzar el canal de Suez, moría allí definitivamente. La batalla de Stalingrado hacía presagiar negros augurios, los alemanes no recibirían nuevos refuerzos y el control marítimo y aéreo del Mediterráneo por parte de los Aliados no podía hacer otra cosa que acrecentarse. Aunque la batalla había terminado en tablas, la detención del avance alemán por sí sola constituía una enorme victoria que presagiaba una más completa y rotunda. Auchinleck tenía claro lo que debía hacer para conseguirla con un mínimo de sacrificios humanos: esperar. Sus cálculos incluían dilatar cualquier ofensiva posterior, como mínimo, dos meses. Para entonces Rommel tendría un problema mayor que la escasez de tropas o de tanques funcionales: la escasez de combustible. Mientras él, Auchinleck, habría recibido numerosos refuerzos por parte de las tropas coloniales. 
   “Esperar” era la única palabra que Churchill no quería oír mencionar así que recompensó la inesperada victoria de Auchinleck con su cese. En su lugar puso a alguien que tampoco soportaba dicha palabra, por mucho que eludirla significara un coste extra de vidas humanas: Bernad Law Montgomery. Tan pronto como llegó a Egipto, elaboró uno de sus famosos planes, basados en optimistas supuestos y no en hechos y lanzó a su infantería contra los campos minados alemanes, dando inicio a la segunda y, esta sí, enormemente popular batalla de El Alamein. A punto estuvo de perderla de no haber sido, como acertadamente previó Auchinleck, por la falta de combustible de Rommel. Mientras, Auchinleck, desaparecía para la historia en un puesto bastante menos brillante, primero en Persia-Irak y, posteriormente, de regreso a su amada India. Allí participó, en un segundo plano, en la defensa de la India contra los japoneses y en la campaña de Birmania. En 1947 se opuso férreamente a la división de la India con ocasión de su independencia. Conocedor de aquellas tierras, previó el baño de sangre que acompañaría la división y que, de ella, en lugar de un país con posibilidades de prosperar, surgirían dos que emplearían buena parte de sus recursos en una lucha fraticida. Como siempre, su juicio fue acertado y aislado en una corriente de opinión británica que no podía dejar de ver con buenos ojos esta segunda posibilidad. Auchinleck dimitió de su cargo y dejó un ejército al que había dedicado su vida como protesta por una decisión que consideraba un disparate. Su soledad no había hecho más que comenzar. Su mujer lo había abandonado y él se retiró a Marrakech, donde moriría, a los 96 años en 1981.
   Hay una estatua de Montgomery en el centro de Londres, casi enfrente de Downing Street. De Auchinleck, que hizo lo que todos los expertos en el arte de la guerra consideran imposible, nadie construyó ninguna.

domingo, 6 de agosto de 2017

Auchinleck (1 de 2)

   Hay una ley de la guerra que dice que un ejército en retirada, ya no deja de retirarse a menos que deje de ser atacado. Existen contadísimas excepciones a esta ley en la historia militar de la humanidad: la batalla de Agincourt en 1415, la de las Ardenas en 1944 y una durante el mismo conflicto, absolutamente olvidada, comandada por Sir Claude Auchinleck. Mientras a los estrategas de los otros casos se los calificó de genios militares, a este hombre, que convirtió un ejército en retirada en un ejército capaz de reagruparse y vencer al enemigo, se lo destituyó y olvidó hasta el punto de que en muchas de las biografías suyas que pueden encontrarse por Internet tal batalla no se menciona... ¡o se dice que fue derrotado en ella!
   Auchinleck nació en Inglaterra, en una familia que sufrió penurias sin cuento tras la muerte de su padre, cuando él contaba ocho años de edad. Ingresó en el ejército por inspiración paterna y para salvar la miseria familiar. Tras graduarse fue enviado a la India, en donde se molestó en aprender la lengua punjabí y las costumbres y tradiciones de una tierra a la que quedaría ligada buena parte de su carrera. Pero su bautizo de fuego se produjo durante la Primera Guerra Mundial, cuando ya tenía el grado de capitán. Fue desembarcado en Basora, en el marco de la operación para liberar a las tropas sitiadas en Kut-al-Amara. Su unidad se vio rodeada por los turcos y apenas doscientos hombres, incluyendo al propio Auchinleck, lograron escapar con vida. Aquella campaña debió constituir toda una lección para él de lo que se debe y lo que no se debe arriesgar en combate. Su trabajo como instructor tras la Primera Guerra Mundial se centró, precisamente, en el modo de mantener la higiene, salud y alimentación de las tropas.
   En 1929, de vuelta a la India, es ascendido a coronel y participa primero en el sometimiento de las insurrecciones de 1933 y 1935 y, después, en la construcción del Ejército Indio. Con toda esta experiencia puede entenderse la lógica que lo llevó en 1940 a ponerlo al mando de las fuerzas británicas... ¡en Noruega! Pese a que la campaña de Noruega constituyó un desastre y los británicos no pudieron hacer nada para repeler el brillante plan de invasión alemán, Auchinleck logró algunas victorias parciales que no impidieron el hundimiento final. Vuelve entonces a la India, de donde es sacado para desembarcar (otra vez) en Basora. Con tropas que conocía muy bien bajo su mando y en un terreno en el que ya había combatido, Auchinleck, logró infringirle sucesivas derrotas al ejército iraquí, hasta conseguir entrar en contacto con la sitiada guarnición inglesa de Habbaniya.
   El éxito en Irak le abrió las puertas para su nombramiento al mando de las tropas británicas en Oriente Medio. Este mando constituyó un auténtico quebradero de cabeza para él. Sufrió interminables injerencias políticas, particularmente de Churchill que no quería oír hablar de ninguna otra cosa que no fuese atacar, ofensivas o conquistas. Sus subordinados vieron en él a un extraño que no entendía la naturaleza del ejército británico en África, rezongando de sus órdenes y pidiendo continuas explicaciones de sus planes. Por si fuera poco, tenía en frente a un general alemán de cierto prestigio, un tal Rommel. 
   Auchinleck se empeñó en algo que no todos tenían claro, que Malta y el bombardeo de las líneas de suministro alemanas era fundamental para lo que ocurriera en el Norte de Africa. Con estas bazas atacó desde Egipto y logró hacer retroceder a los alemanes hasta Trípoli, conquistando todo lo que hoy es Libia. Entre medias, sus líneas de suministro se hicieron inestablemente largas y, en lugar de lanzar la ofensiva final que tanto le reclamaban desde Londres, decidió atrincherarse en la Cirenaica a medio camino entre Trípoli y su retaguardia. 
   En mayo de 1942, un Africa Korps rearmado y con tropas frescas, se lanzó a la ofensiva rodeando las fortificaciones de Auchinleck por el desierto. 50.000 hombres del ejército británico quedaron embolsados y el pánico cundió en toda la jerarquía de mando. Realmente, muy poco había que se interpusiera entre Rommel y el Canal de Suez.  Auchinleck consiguió organizar un repliegue ordenado de lo que quedaba de sus tropas hacia la frontera egipcia mientras que iba desgastando la ofensiva de Rommel con una serie de pequeños enfrentamientos programados a lo largo de su camino. Además, las líneas de suministro alemanas se iban haciendo insosteniblemente largas y la RAF las sometía a un continuo bombardeo. Tras 1.000 kilómetros de retirada, Auchinleck reagrupó su ejército, uniendo lo que quedaba de esta división por aquí con lo que quedaba de aquella por allá, en torno a El Alamein, una insignificante estación ferroviaria rodeada de elevaciones que se adentraban en el desierto.