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domingo, 19 de febrero de 2012

Los idus de marzo

   Los idus de marzo es una película de George Clooney en la que se relata la cara oculta de cualquier político, por renovador que pueda parecer. Antes de eso, los idus hacían referencia a los días de buen augurio que, según los romanos, tenían todos los meses. Los de marzo se hicieron famosos porque favorecieron a los asesinos de Julio César, consiguiendo su objetivo en el año 44 a. C. Unos dos mil años más tarde, los del corriente 2.012, parecen también unos idus difíciles de interpretar y uno no sabe bien si los buenos augurios iluminarán a quienes están en el poder o a quienes aspiran a ello. Dicen los videntes que quien debe tener cuidado es nuestro pequeño Julio César andaluz, a quien desean apuñalar tantos de sus correligionarios que, casi mejor, van cogiendo número. "Lo habrá hecho mal", pensarán Uds. ¡Hombre! Muy bien, muy bien no lo ha hecho, pero, como siempre, la cuestión no es la capacidad real del personaje para tomar decisiones adecuadas. Normalmente se trata de su acierto o no para rodearse de las personas más capacitadas. Resulta muy claro que el Sr. Griñán, no ha tenido mucha fortuna. Su mano derecha, la Señora Díaz, ha resultado ser una pirómana metida a bombero y de ahí para abajo, hasta llegar al último mentecato nombrado a dedo para repartir a su antojo 647 millones de euros, las cosas casi que van a peor. Eso explica el aspecto que luce nuestro particular Bruto. Hace ya semanas que el Sr. Arenas apenas sonríe. Está empezando a temer que, esta vez, va a ser verdad que le toca gobernar y ya veremos si eso le resulta tan divertido como hacer oposición.
   Pero, como siempre en política, lo malo no es que maten a César, lo malo es lo que viene detrás. Según sus asesinos, César fue acuchillado, en nombre de la libertad, por tirano. Lo cierto es que su muerte abrió las puertas al gobierno de Augusto que, tras la apariencia de un Estado republicano y el rechazo del cargo de dictador (porque sus poderes le parecían escasos), acabó siendo nombrado emperador y dios, nada menos. Son múltiples las voces que indican que tras la histórica victoria del PP en Andalucía, nuestro amadisssimo presidente, el Sr. Naniano Rajoy, jugará con el mapa de España de un modo parecido a como lo hacía Chaplin con el globo terráqueo en El gran dictador. Otros señalan, por contra, que lo único que pretende hacer con este país es un inmenso recortable.
   Si he de decirles la verdad, yo no tengo ningún miedo. Aquel día en que el Sr. Zapatero se acostó socialdemócrata y se levantó neoliberal rabioso, pues claro, cogió las tijeras y se lió a dar cortes por donde primero le pareció. Pero el actual gobierno del PP llevará a finales de marzo casi seis meses en el cargo. Ha tenido tiempo de sobra para encargar a una agencia de evaluación, interna o externa, un análisis de los gastos del Estado, ha tenido tiempo de sobra para pedir a cada departamento un estudio de las partidas en las que se puede ahorrar, ha tenido tiempo en abundancia para realizar un seguimiento de las políticas en ejecución y la eficacia de la que han gozado hasta el momento (como han hecho siempre todos los gobiernos, pues lo contrario, sería una irresponsabilidad). Aún más, ha podido contemplar, desde la oposición y desde el gobierno, la evolución de las economías en las que se han practicado recortes indiscriminados y el sorprendente (para algunos tontainas neoliberales con másteres en economía) crecimiento de los índices económicos en los EEUU que, pese a un déficit desbocado, se niega a seguir recortando. No me cabe, pues, el más mínimo género de dudas de que los recortes que se van a efectuar, afectarán a todas las partidas que son síntomas inequívocos de despilfarro y que, ahorrando cantidades brutales de dinero, para nada van a afectar a las prestaciones que se ofrecen a los ciudadanos o al poder adquisitivo de ese importante sector de la población activa que son los funcionarios.
   Que es fácil recortar sin causar el menor sufrimiento social es evidente. En el propio gobierno conocen el modo. La "ley del despido porque sí", también conocida como "reforma laboral", lo señalaba claramente al hacerse extensible a las empresas públicas. Una empresa pública es esa empresa de la que Ud. no sabe ni el nombre, que se sostiene con fondos públicos pues, habitualmente, sus pérdidas son astronómicas, que el gobierno de turno dice que es fundamental y cuyos despachos están ocupados por políticos en situación de retiro (dorado). Yo no digo que tales empresas no deban existir. Lo que sí me parece a mí (revolucionariamente) lógico es que los despachos de tales empresas estén ocupados por personas capaces de optimizar el servicio público que supuestamente prestan y no por amigotes. La verdad, parece sospechoso, por decirlo de un modo muy suave, que un gobierno autonómico diga, pongamos por caso, que existen unas cien empresas públicas en esa comunidad y que Hacienda asegure tener constancia de más de trescientas. ¿Tan poco públicas son esas empresas que nadie conoce siquiera su número exacto?
   Naturalmente las empresas públicas no son la única fuente de ahorro. Hay muchas otras extremadamente fáciles de detectar. Basta con hacerse algunas preguntas inocentes de este tipo: ¿cuántos tratamientos médicos introducidos en los últimos quince años han demostrado tener una eficacia comparable o inferior a tratamientos más antiguos y baratos? ¿cuántos contratos de suministro de la administración están sobredimensionados? ¿cuántas nuevas tecnologías introducidas en la enseñanza no justifican su coste teniendo en cuenta su utilización real? Yo iría, incluso, un poco más allá. Puesto que, en este país, cualquier investigador que se precie acaba o en el extranjero o dejando la investigación, ¿para qué continuar financiando un programa de Formación de Personal Investigador que, para lo único que sirve, es para ilusionar, inútilmente, a nuestros mejores expedientes académicos? Está muy bien que inventen ellos, pero no con personal formado por nosotros. Todavía más, si, con el presupuesto que se avecina, los laboratorios sólo van a poder comprar un botijo y a plazos, mejor no tengamos laboratorios. Dado que no somos lo suficientemente inteligentes como para adoptar una política de Estado relativa a las inversiones en investigación, al menos, seamos sinceros.
   En fin, son todas éstas, ideas que se me ocurren a mí que soy medio tonto y pobre ignorante de los asuntos de gobierno. Estoy seguro que a las brillantes mentes que, como no puede ser de otra manera, conforman el gobierno de la nación y actúan con vistas al interés general, habrán tenido ideas mucho mejores para ahorrar, a la vez, dinero y sufrimiento social. Por tanto, no hay motivo alguno para temer a los idus de marzo... ¿o sí?

domingo, 25 de diciembre de 2011

Sí, Sres. ministros

   Hubo una época en que TVE emitía series de la BBC. Así llegaron hasta nosotros Yo, Claudio o la desternillante Sí, Sr. Ministro. Esta última contaba la historia de James Hacker, un político tontorrón y engreído, que alcanzaba el cargo de ministro. En Inglaterra, inmediatamente por debajo del ministro, hay un Secretario Permanente, esto es, un funcionario nombrado por la reina. A nuestro protagonista le caía en suerte el taimado Sir Humphrey Appleby, cuyo lema era que a los ministros no se los puede dejar solos porque tienen ideas. Hacker, en efecto, tenía numerosos ocurrendos que el alto funcionario trataba en todo momento de frustrar. Al final de cada episodio, solían llegar a un "compromiso", una solución tan equilibrada como disparatada. Entre las risas, se podía adivinar el funcionamiento real de un gobierno. Recuerdo esta serie cada vez que se nombra un nuevo ministro.
   Como cabía esperar, los nombramientos de Don Naniano Rajoy han dado lugar a pocas sorpresas. Desde el principio ha quedado claro que los elegidos serían miembros de la "derecha civilizada" o "europea", esa derecha estupenda para un país porque obliga a la izquierda a hacer algo más que enseñar dóbermans en sus campañas electorales. Además, pertenecen casi todos al círculo íntimo del líder. Es éste un arma de doble filo. La ventaja de un gobierno cohesionado es que responderá al unísono, el inconveniente es que si uno de sus elementos resulta erosionado, el gobierno en su totalidad se tambalea. Basta con que uno de los miembros del gobierno sea cuestionado para que el propio líder pierda credibilidad. Y aquí es donde entra en juego Ruiz-Gallardón.
   Los jugadores de ataque del fútbol americano suelen llevar colgada del pantalón una toalla. Su función esencial es actuar como señuelo. Con frecuencia, cuando un defensa está desesperado por agarrar al delantero, echa mano de lo primero que se mueve, esto es, de la toalla. Ésta se desprende sin dificultad y el defensa se queda con la toalla en la mano y cara de tonto. El segundo que tarda en darse cuenta de que ha caído en la trampa, es el que aprovecha el atacante para sacar una ventaja definitiva. Ruiz-Gallardón es el señuelo. Se espera de él que se mueva, que haga cosas y atraiga la mayoría de las críticas (al menos, de dentro del partido).
   Pero el nombramiento que todo el mundo esperaba era el correspondiente al Ministerio de Economía. Su titular, ya veremos por cuánto tiempo, es Luis de Guindos. Tengo noticias de que es una persona brillante, capaz de explicar las ideas de otro como si fuesen revelaciones propias y de convencer a todo el mundo con sus explicaciones. Otra cosa es que aquello de lo que va a tratar de convencernos tenga fundamentos para ser convincente. Ya ha advertido que no viene a cosechar aplausos y es cierto, trae dos ideas muy claras en mente: hay que reestructurar el sector financiero y hay que llevar a cabo una reforma laboral (de hecho, cualquier reforma laboral con tal de que sea) bastante dura. Vayamos por partes. La reestructuración del sector financiero que tiene en mente pasa porque los bancos y cajas cuantifiquen, por fin, sus pérdidas reales debidas a esta crisis. Una vez hecho esto, mediante fusiones o intervenciones, se sanearían las entidades insolventes y redimensionarían las solventes. Es una buena idea. Tan buena que deberían llevarla a cabo todos nuestros socios europeos, empezando por nuestro líder financiero, Alemania. Porque si no lo hacemos todos, corremos el riesgo de que, al final, bancos (alemanes) podridos hasta el tuétano acaben comprando entidades (españolas) sanas y eso no puede ser bueno para nadie.
   Una reforma laboral es necesaria para afrontar un futuro mejor, siempre ha sido necesaria y siempre lo será. Llevo treinta años oyendo hablar de reformas laborales. Las he vivido por consenso e impuestas, grandes y pequeñas, sectoriales y generales, reformas laborales al limón, a la naranja y a la malvasía. Todas ellas han terminado de la misma manera, generando un crecimiento moderado del empleo cuando las cosas iban bien y paro a raudales en cuanto las cosas se torcían lo más mínimo. ¿Cuántas reformas laborales más vamos a necesitar? Veamos, Grecia es un país con una economía en coma, su déficit público va camino del 127% del PIB y su deuda pública alcanza el 165% del PIB, tasa de paro: 16%. España no es Grecia. Nuestro déficit público estará algo por encima de 6% y nuestra deuda pública en torno al 66%, tasa de paro: ¡¡22%!! Crear empleo parece cosa fácil: empeoremos nuestras cifras macroeconómicas.
   ¿Todavía necesitamos abaratar más el despido? Semejante dislate se asienta en un sofisma ubicuo. Se argumenta, por ejemplo, que la pena de muerte disuade a los asesinos y, del mismo modo, se pretende que el cálculo de cuánto costaría despedir a los empleados disuade a los empresarios de contratarlos. Si de verdad los seres humanos pensásemos en las consecuencias últimas de nuestros actos antes de llevarlos a cabo, simplemente no habría delitos (ni matrimonios). Si los empresarios, antes de contratar a alguien, calculasen el coste de despedirlo, jamás contratarían a nadie. Los seres humanos somos muy malos calculando a largo plazo así que, habitualmente, no lo hacemos. Desde luego, el Sr. de Guindos no es una excepción a este respecto. Al menos no lo hizo mientras estuvo en Lehman Brothers. Y ahora les propongo un acertijo, se trata de averiguar cuántos antiguos miembros de la división europea del quebrado banco, detonante de la crisis actual, encabezan instituciones que dicen conocer las fórmulas para sacarnos de ella.
   En cualquier caso, lo peor que se puede decir del Sr. de Guindos no es que, por acción u omisión, perteneciera al selecto grupo de los que precipitaron esta crisis. Lo peor que podemos decir de él es todo lo bueno que ya hemos dicho. La verdad es que no está ahí para tener ideas ni para promover reformas, está ahí para explicar los planteamientos de otro. Sin Hacienda, la cartera de Economía es una pistola sin balas. De Guindos es el portavoz y, por tanto, el parachoques, de Montoro que es quien de verdad va a trazar las grandes líneas de la nueva política económica. Esta bicefalia en una época tan delicada puede ser nefasta.
   De este primer gobierno de Don Naniano se puede extraer aún otra enseñanza muy clara. Para ser profesor de latín se debe haber estudiado latín, para ser camionero hay que saberse el código de la circulación, para tener una tienda hay que saber vender, pero, ¿qué hay que saber para ser ministro? Pues pregúntenselo a la Sra. Pastor. Ha sido ministra de Sanidad y ahora lo es de Fomento. Caben dos posibilidades. Una es que lo que pedía Platón, que los reyes fueran sabios o los sabios reyes, ya se haya cumplido. La otra es que, para ser ministro, en realidad, no hace falta saber de nada, como le ocurría a James Hacker.