domingo, 27 de julio de 2014

Refutación del determinismo genético (1)

   El determinismo genético o, al menos, biológico, es, actualmente, la forma de determinismo más en vigor. Es ampliamente espoleada por los medios de comunicación de masas, vitoreada por las ciencias sociales y poco menos que dogma en filosofía. Podemos definir de un modo estándar el determinismo genético y, en última instancia, el biológico, como la afirmación de que todo lo que somos, tanto desde el punto de vista de nuestro aspecto como desde el punto de vista conductual, es resultado de nuestros genes. Por tanto, nada hay en nosotros que no sea consecuencia directa de la información que está contenida en ellos. Dicho todavía de otro modo, somos el único resultado posible de nuestros genes. Demostrar que estas afirmaciones son paparruchadas resulta absolutamente trivial. No me gusta hablar de cosas triviales, pero, dado el coro de papagayos que se ha montado en torno a ellas, voy a exponer 21.000.250 casos que demuestran lo insostenible de tal planteamiento. Esta cifra, por supuesto, aproximada, es el resultado de sumar dos grupos de casos. El primero, el que expondré hoy, son alrededor de 250. Para el próximo día dejaré el segundo grupo, conformado, como digo por 21 millones de casos.
   Una consecuencia del determinismo genético o biológico (para lo que voy a decir aquí da igual un calificativo u otro) es que todos los individuos con los mismos genes deben tener apariencias y comportamientos absolutamente idénticos, dado que los genes y sólo los genes, determinan lo que somos. Por tanto, bastará con hallar un caso de apariencias y comportamientos heterogéneos partiendo de los mismos genes para haber refutado cualquier pretensión de determinismo genético. Para hallar un ejemplo tal sólo hay que querer buscarlo. La diversidad de comportamientos con la misma base genética es la norma en la naturaleza, ni siquiera una excepción. Hasta tal punto es la norma que, como digo, no voy a presentar un ejemplo contra la igualdad de apariencias y comportamientos partiendo de los mismos genes, voy a presentar unos doscientos cincuenta y dos. 
   Los macrófagos son grandes células del sistema inmunitario innato que miden desde los 10 hasta los 30 μm. Su estructura varía significativamente con el estado de su actividad. Penetran en el tejido conectivo, median en la reacción inflamatoria y pueden proliferar. Su función es la de fagocitar (engullir) sustancias extrañas al organismo y agentes infecciosos. Algunas partes de los mismos son presentados por el macrófago en la membrana celular para que otras células del sistema inmunitario las reconozcan y preparen una reacción contra ellas. A veces, cuando el objetivo a engullir es demasiado grande, varios macrófagos se unen para formar una célula polinucleada antes de comenzar la fagocitosis. Un macrófago suele presentar un núcleo de bordes irregulares y numerosas vesículas de gran tamaño encargadas de la digestión y procesamiento de las sustancias fagocitadas. La vida media de un macrófago es de cuatro a seis meses.
   Las neuronas han perdido la capacidad de dividirse o reproducirse de cualquier manera, de modo que cuando mueren, no son reemplazadas. A cambio, la mayoría de las neuronas viven tanto como los individuos cuya materia gris constituyen. Tienen tres partes claramente diferenciadas. Por un lado están las dendritas, prolongaciones del cuerpo celular, cortas, muy numerosas y con aspecto ramificado. Por otro, el cuerpo celular propiamente dicho, con un núcleo perfectamente redondeado y grandes cantidades de mitocondrias (orgánulos encargados, digamos, de producir energía). Finalmente, el axón es una prolongación del cuerpo celular extremadamente largo. Cada neurona tiene uno y es el encargado de establecer conexión con otras neuronas a través de la sinapsis, es decir, el espacio que queda entre la terminación del axón de una neurona y el comienzo de las dendritas de otra. La neurona presenta una enorme excitabilidad eléctrica hasta el punto de que la señal química enviada a través de la sinapsis provoca que se genere una corriente eléctrica que atraviesa el axón hacia la neurona inmediatamente vecina. Su tamaño es muy variable, pero pueden llegar a alcanzar los 150 μm sin contar el axon. Contándolo, algunas neuronas humanas miden más de un metro.
   Podríamos seguir con los linfocitos, leucocitos, glóbulos rojos, las células sinoviales, gliales, musculares, epidérmicas, etc. etc. Me permitirán resumir diciendo que cada tipo tiene su función, apariencia, comportamiento y longevidad característicos. Si quitamos algunas proteínas que aparecen en la membrana celular, mis macrófagos son idénticos a los suyos. Sin embargo, insisto, mis macrófagos son extremadamente diferentes de mis neuronas. Lo mismo cabe decir del resto de tipos de celulares. ¿Qué tienen en común mis macrófagos y mis neuronas? ¿qué tienen en común todas las células que me constituyen? Muy simple: su material genético. Es una obviedad que todas las células de un organismo adulto provienen de la división de un óvulo fecundado, por lo que todas las células de nuestro cuerpo tienen exactamente el mismo contenido genético. Sin embargo, un organismo adulto está conformado por una serie de conjuntos de células extremadamente diferentes entre sí. Supongamos que el código genético fuese un manual inequívoco de instrucciones de acuerdo con un determinismo férreo. ¿Cómo se podría producir esta diferenciación celular? Recordemos, todas las células provienen de una sola y, según el determinismo genético, todas las decisiones se toman en base, exclusivamente, al genoma. ¿Cómo podría ocurrir, por tanto, que unas células "decidan leer" una secuencia del mismo y otras no? Resulta obvio concluir que las células no se limitan a "leer" lo contenido en su ADN. Ocurre exactamente lo contrario. Lo que la célula “lee”, en primer lugar, son las señales que le envían las células que le rodean, establece la posición que ocupa como resultado de las primeras divisiones celulares y, en base a toda esa información, elige las partes del genoma que va a tomar en cuenta e inhibe el funcionamiento del resto. Y en este proceso de regulación de genes juegan un papel fundamental los transposones y toda su enorme carga de azar. Si se quiere hablar de determinación, ésta viene del modo en que la célula interpreta las señales de su entorno y del azar, no de los genes. En definitiva, la pregunta de si dos individuos con el mismo genoma pueden tener apariencias y comportamientos diferentes halla, a nivel celular, una respuesta trivial: por supuesto que sí.
   Nuestro determinista genético o biológico puede emprender ahora la tarea de demostrar que, si bien a nivel celular, el código genético puede dar lugar a comportamientos y apariencias diversos, a nivel de organismo pluricelular ocurre exactamente lo inverso. Si algún determinista se embarca en la tarea de demostrar eso, sólo me cabe desearle mucha suerte... La va a necesitar.

domingo, 20 de julio de 2014

Programación Neurolingüística (y 4. ¿Qué queda?)

  Si repasa la primera entrada de este tema, podrá observar que me negué a definir la PNL como una “teoría”. Más bien se trata de una amalgama de observaciones, generalizaciones empíricas y técnicas diversas. Nunca se ha hecho gran cosa para sistematizarlas, más allá de esa “N” y esa “L” que figuran en sus siglas. La “N” pretende hacer referencia a la neurología, pero de ella apenas si se toma una confusa alusión a la formación de redes neuronales y el disparate, por lo demás, tan fácil de escuchar, de que los hemisferios cerebrales están especializados en determinadas funciones o aptitudes. En cuanto a la “L” se refiere a la lingüística o, para ser más precisos, a la corriente que en la época de su nacimiento dominaba por completo semejante campo del saber, la gramática generativa. Lo único que hay de gramática generativa en la PNL son múltiples metáforas construidas sobre la famosa distinción entre la estructura profunda y la estructura superficial del lenguaje, nada más. La verdad es que no siento pudor alguno en confesar que no soy capaz de resumir de un modo conciso qué teoría acerca del lenguaje sostiene hoy Noam Chomsky (algo que sí podría hacer y, muy fácilmente, si de sus teorías políticas se tratase). Bandler se dio cuenta del giro que estaban tomando los acontecimientos lingüísticos mucho antes y no tardó en alejarse de la gramática generativa con la excusa de que, bueno, en el fondo, tampoco había tanto de ella en la PNL. De modo que, después de todos los fuegos artificiales, sólo nos hemos quedado con la “P”, la cual, no deja de ser, una vez más, una metáfora, una vaga analogía, una alusión a un objetivo. ¿Merece, pues, cuatro entradas tanto humo? 
   Durante mucho tiempo, la cuestión de qué es la realidad y cómo la construimos, en quién y por qué confiamos, qué poder tienen las creencias, fueron cuestiones filosóficas. Alguien, durante el siglo XX, decidió que su existencia sería más fácil si desertara de tales cuestiones y se dedicase a hablar del ser de los entes o de cómo se usan las palabras. Las grandes cuestiones de la filosofía quedaron en manos de psudocientíficos de la mente, truhanes y especialistas en marketing (espero que me agradezcan haber intentado hacer distinciones entre unos y otros) que, dicho sea de paso, han avanzado más en esas cuestiones en un siglo de lo que la filosofía hizo en veinticinco. Ha llegado la hora de reclamarles la devolución de lo que es nuestro. Pero, para conseguir tal restitución, no estaría mal que primero nos informásemos de qué han venido haciendo hasta ahora. 
  La vida, por lo demás, bastante infeliz, de Richard Bandler, puede seguirse sin muchas complicaciones por Internet. Grinder ha llevado una existencia mucho más gris. Dicen las malas lenguas que la razón está en que fue reclutado por la CIA mucho antes de conocer a Bandler. La “pseudociencia new age” que ambos crearon se imparte con todo lujo de detalles en las academias para interrogadores del ejército de EEUU. Personal de seguridad de sus aeropuertos fue instruido en sus técnicas más básicas tras los atentados de 11 de septiembre de 2011. Se habla de cursos que adiestran en PNL a altos cargos de gobiernos de diferentes países, a espías, estrategas... Si uno lee algo sobre el tema, pronto empezará a recordar lo que ha leído apenas hable con personal de ventas u observe detenidamente algunos anuncios. Casi se puede oír la voz de Erikson a través del soniquete de las operadoras que ofrecen seguros por teléfono. Como siempre en la PNL resulta difícil distinguir qué es realidad y qué es ficción, qué es lo que estamos percibiendo y qué es lo que creemos percibir, qué está ocurriendo y qué es lo que queremos o tememos que ocurra.
  En 1961, William S. Burroughs, inició su Nova Trilogy, una serie de novelas en torno a la capacidad para controlar la mente por medios psíquicos, sexuales, farmacéuticos y subliminares, entre otros. En el segundo volumen, The Ticket That Exploded, aparece explícita la idea que movió toda su obra, a saber, que el lenguaje es un virus. Un virus que penetra en nuestros cerebros y atrapa nuestra existencia, provocando alucinaciones tales como la constancia de las cosas. Un virus sin el que no podemos ya entendernos, porque no deja de hablar y de hablarnos en un infinito relato interior, espasmódico, caótico y definitorio. Y es que, ese relato interior, nos constituye, porque el ser humano tiene miedo al silencio. Pese a ello, y durante mucho tiempo, ni para la filosofía, ni para la psicología, ni para la ciencia, ha existido. 
  En marzo de 2012, Gerd Kempermann del centro de Terapias Regenerativas de Dresde publicó un artículo titulado "Youth Culture in the Adult Brain", en la revista Science. Mostraba Kempermann cómo ratones genéticamente idénticos  se van diferenciando en su comportamiento por la experiencia adquirida. Aunque el entorno en el que vivían era el mismo, el jugar con unos juguetes y no con otros, meterse en unos laberintos y no en otros, iba creando configuraciones en sus cerebros que los predisponían para nuevos aprendizajes. Iniciaban así una deriva que los iba haciendo cada vez más diferentes. En realidad, se trataba, simplemente, de la confirmación de algo que Ramón y Cajal había dicho hace ya tiempo, que somos los arquitectos de nuestro propio cerebro. Y nuestro cerebro, no lo olvidemos, está continuamente creando una red, una malla, en la que desarrollamos nuestro comportamiento cotidiano. A esa malla solemos llamarla “realidad”.

domingo, 13 de julio de 2014

Programación Neurolingüística (3. Las críticas)

   Woody Allen asegura haber asistido a terapia durante más de 30 años. Le hubiese salido más barato darle a su psicólogo un porcentaje de las ganancias de sus películas que pagarle sesión a sesión. ¿Se imaginan Uds. la cara del terapeuta de Woody Allen cuando se enteró de que tenía un competidor que prometía curar a los pacientes en veinte minutos? Más de uno se sintió, en efecto, incómodo con la nueva verdad emergente. Por una lado, su popularidad prometía atraer a consulta mareas humanas. Por otro, la velocidad de sus curaciones mandaría más de la mitad de los colegiados al paro. Mientras la curva de la PNL se mostraba ascendente, pocos se atrevieron a hablar contra ella. A finales del siglo pasado la tendencia cambió y, con la resaca, aparecieron las primeras críticas hacia técnicas concretas, tales como el acceso ocular. Esas primeras críticas se trocaron, con el paso al nuevo siglo, en estudios que ponían en duda la “cientificidad” de la PNL, pero aún pasaría una década hasta que alguien se atreviese a calificarla de “pseudociencia new age”.
   Que los psicólogos rechacen una teoría por no ser científica es algo así como poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis. Recordemos, la historia de la psicología del siglo XX estuvo dominada, básicamente, por dos corrientes: el psicoanálisis y el conductismo. Los “centenares de casos de curación por la palabra” de que hacía gala Freud, se reducen, en realidad, a ocho casos clínicos. Ocho casos que, si son leídos sin maldad, llevan a la conclusión de que Freud empleó más tiempo en convencer a sus pacientes de que tenían una enfermedad que en “curarlos”. Todo lo cual no es óbice para que la inmensa mayoría de los psicólogos que viven de tratar a pacientes hagan uso de técnicas enraizadas, de modo más o menos lejano, en las creadas por el padre del psicoanálisis.
   La otra gran corriente fue, como digo, el conductismo. El conductismo condujo a la psicología a las ansiadas riveras de la cientificidad al módico precio de renunciar al estudio de lo que se suponía que era su objeto de atención, la psique. El detenido análisis de gráficas, el estudio pormenorizado de tasas de refuerzo y complejas fórmulas matemáticas creadas ad hoc permitieron, por ejemplo, que tras largas sesiones, un niño que tenía fobia a las ratas, paladeara su postre favorito mientras acariciaba una. Logro este, que fue exhibido con orgullo por los secuaces de Skinner, pero que, al común de los mortales, no podía dejar de causarle inquietud.
   ¿Que la PNL no cura? Pues miren, si yo tuviese que elegir entre un señor que no me va a curar después de cinco años de tratamiento y un señor que no me va a curar en una sola sesión, personalmente lo tendría muy claro. ¿Que las técnicas de PNL que funcionan no son invento de Bandler y Grinder? Eso ya lo pueden leer negro sobre blanco en sus escritos.
   En realidad, las miserias de la PNL están allí donde se hallan sus grandezas. Bandler y Grinder no sólo modelizaron a los terapeutas más famosos de su época, también hicieron lo propio con magos, hipnotizadores, estafadores y charlatanes de todo tipo. Por otra parte, la propia PNL es claramente invasiva, hay que enseñar al sujeto a manipular su propia mente y, para ello, nada como manipularla delante de sus ojos. La línea entre sacar lo mejor de una persona y convencerla de que ha sufrido una epifanía en presencia de su terapeuta es muy delgada. Bandler no tuvo mucho inconveniente en cruzarla y sus epígonos se lanzaron a tumba abierta tras él. Aún peor (si cabe), su promesa de curar en una sesión amenazó las prácticas de la psicología tradicional, pero también a los propios “maestros” de la PNL. Buena parte de la terapia consiste en dotar al sujeto de una serie de herramientas para que intervenga sobre sí mismo cada vez que se le presente un problema. Dicho de otro modo, paciente tratado, paciente que no vuelve. Rápidamente Bandler se dio cuenta de que el negocio no iba a estar en curar a nadie, de modo que trató de convertir la PNL en una especie de marca comercial de la que había que expulsar al propio Grinder. No, si la PNL había de convertirse en un negocio, el dinero habría de venir de otro sitio, de los seminarios, las conferencias y los libros que se hicieran basados en ella. El ascenso de la PNL es indisociable de la proliferación de libros de autoayuda que, de un modo más o menos descarado, tomaban sus enseñanzas de ella.  Hoy día es fácil encontrar cursos de PNL que por el "asequible" precio de 2000€ prometen tocar el cielo con la mano a todos los que se inscriban en él. Como comentaba una persona habitual de estos cursos, si pagas 2000€ por un curso de unas cuantas horas, o te autoconvences de que has visto el rostro de Dios o le confiesas a todo el mundo que eres tonto de capirote. Los partidarios de la nueva fe argumentarán que autoconvencerse es, en realidad, la clave de toda mejora personal. Ahora bien, ¿creer que se poseen todos los recursos para alcanzar un objetivo conduce a alcanzar el objetivo? Sin duda, sí... O puede que no... O, quizás, depende...

domingo, 6 de julio de 2014

Programación Neurolingüística (2. Las técnicas)

   Piense en una experiencia de su pasado. Puede ser agradable o desagradable, trascendental o trivial, no importa. Digamos, el momento en que comprendió que iba a morir su madre o el sabor del trozo de chocolate que tomó ayer. Le recomiendo que sea algo agradable, de ese modo será más fácil que culmine el proceso que vamos a seguir. Cierre los ojos y recuerde ese momento. Hágalo con todos los detalles que pueda poner en él. Párese en la luz, en los colores de las cosas, en los sabores, en los gestos de las otras personas (si las había), en las sensaciones que le provocó, en lo que pensó, etc. Ahora quiero que haga esa imagen más luminosa. Mucho más luminosa. Aún más. Hágala brillar como si fuese ella misma una fuente de luz. Aumente la intensidad de los colores. Tome el mando a distancia y ponga el contraste en su nivel más alto. Contemple esa imagen. Y ahora, agrándela. ¿Lo ha hecho? Pues agrándela aún más. Mejor aún, proyéctela en el techo de la habitación donde se encuentra y consiga que la imagen ocupe todo el techo. Siéntase como un pequeño mosquito que puede volar dentro de esa imagen. Ahora vamos a ir quitándole brillo, vamos a quitarle contraste, incluso el color. Poco a poco la imagen se irá volviendo una imagen en blanco y negro, sin brillo, borrosa. ¿Lo ha conseguido? Bien, pues hágala más pequeña. Todavía más. Aún más. Tiene que llegar a ser como si estuviera en la luna y Ud. la contemplara desde la tierra. Tiene que ser tan diminuta que casi no se vea qué ocurre en ella.
   El aumento de la intensidad, del brillo, del colorido y del tamaño de una imagen, conlleva, para la mayoría de las personas, un aumento de la intensidad con que se viven las emociones que despierta esa imagen. Por el contrario, la disminución de esas cualidades, implica un alejamiento emocional de la misma. Si todo ha ido como es habitual, conforme ha ido haciendo la imagen más pequeña, las emociones que despertaba en Ud. se le tienen que haber ido entre los dedos como granos de arena. Nos hallamos, de hecho, ante el ejemplo prototípico de lo que pretende hacer la PNL. Por si le interesa, a las diferentes cualidades de la imagen la PNL las llama “submodalidades”. El manejo de las mismas permite manejar las propias emociones. De hecho, no se trata de un ejemplo cualquiera, acaba de adquirir Ud. una herramienta básica para habérselas con todos esos recuerdos desagradables que preferiría no tener y que le hacen sentir mal cada vez que afloran en su mente. La próxima vez que uno de ellos lo haga, quítele brillo, quítele colorido, disminuya su tamaño, déjelo sin voz o todavía mejor, varíe la velocidad de reproducción, póngalo a toda pastilla para que suene esa típica voz de cristobita… Aquí aparece una de esas maravillosas frases de Bandler que le hicieron ganar todo el dinero que se gastó después en cocaína: si puede reírse de ello, puede cambiarlo. Por último, si Ud. ha seguido las indicaciones que figuran más arriba y lo ha hecho con seriedad, ha entrado en trance en el sentido que la PNL le otorga a esa palabra.
   Como puede ver, se trata de tomar el control de las cualidades, por tanto, de la forma en que nuestro cerebro construye la realidad, adquiriendo conciencia de la estructura de las imágenes que formamos y el modo en que lo hacemos y del discurso que acompaña este proceso y que se imbrica con él. Como terapia, la PNL pretendía aplicar este modo de operar a todo tipo de trastornos, particularmente las fobias. El larguísimo tratamiento psicoanalítico a la búsqueda de los orígenes de cada fobia para curarla con la magia de la palabra o el sin fin de sesiones para asociar el estímulo que desencadenaba el comportamiento fóbico con otro comportamiento menos lesivo para una vida “normal”, se transformó, con la PNL en una breve charla con el paciente, de apenas veinte minutos, durante el cual se indagaba cómo éste desarrollaba su comportamiento fóbico y cómo podía tomar control de él manipulando las submodalidades. Bandler entró por la puerta grande de la psicología terapéutica, cual elefante en una tienda de cerámicas, con la pregunta: “¿si no puedes curar la fobia en una sesión, a qué dedicas las demás?”

domingo, 29 de junio de 2014

Programación neurolingüística (1. Los orígenes)

   Cuenta la leyenda que, hacia principios de los setenta, Richard Bandler, que había estudiado matemáticas, informática y psicología, conoció a John Grinder, anglicista y lingüista. De este encuentro en la Universidad de California nació lo que se conoce como Programación Neurolingüística (PNL). De modo rápido se la puede definir como un conjunto de técnicas para manipular la mente a la búsqueda del mejoramiento personal. Bandler y Grinder comenzaron por modelizar los métodos terapéuticos de Friz Perls, Virginia Satir, y Milton Erikson entre otros. 
   Perls, que había escapado de la Alemania nazi por sus vínculos con grupos antifascistas, convirtió las enseñanzas de la Gestalt en una forma de terapia, haciendo de su piso de New York la cabeza de puente gestaltista en el nuevo mundo. El caso es que su mujer, Laura Perls acabó quedándose con el piso y con una visión de lo que estaba haciendo mucho más cercana a sus orígenes europeos. Friz, se dedicó a mezclar estos principios con lo mejor de la filosofía continental anterior a la guerra, es decir, con las teorías de Wilhelm Reich, Otto Rank, Edmund Husserl, Martin Buber, Jan Smuts (padre del concepto de “holismo”) y Kurt Lewin, además de William James y John Dewey. Con este bagaje se mudó a la costa oeste, en donde, en plena mutación del movimiento beat en contraculturalismo hippie, se había instalado la moda del crecimiento personal. Fue en los seminarios de Perls, donde Bandler vio la luz. 
   En cuanto a Virginia Satir y Milton Erikson, fueron dos de los terapeutas más famosos de su época, la primera conocida por su labor en la terapia familiar y el segundo por su uso generalizado de la hipnosis como método terapéutico. Aquí hay que aclarar que lo que Erikson llamaba “hipnosis” estaba bastante lejos de lo que después Hollywood hizo con este concepto. En esencia, para Erikson, por "hipnosis" puede entenderse todo género de trance en el que se desconecta el análisis de la práctica totalidad de los canales de información que llegan hasta nosotros, salvo uno concreto. Si ha vivido esa experiencia que consiste en conducir absorto en sus pensamientos hasta llegar a su destino, momento en el que repara que, verdaderamente, no sabe lo que ha ocurrido durante el trayecto, ha estado en estado de trance tal y como lo entiende Erikson. De modo semejante, las palabras más usadas para inducir un fenómeno de hipnosis son “érase una vez…” Un cuento, una narración interesante, hacen que no reparemos en lo que ocurre a nuestro alrededor y esto, precisamente, define la hipnosis en el sentido que nos hallamos explicando. El mismo Erikson solía utilizar narraciones plagadas de metáforas, cuentos ejemplares o historias cotidianas, en las que el paciente solía encontrar la solución que iba buscando a sus problemas. Por supuesto, existen otras formas de hipnosis que implican una pérdida de conciencia más profunda. No obstante, pese a su fama de hipnotizador, no siempre hacía uso de ella. De hecho, la terapia eriksoniana se caracterizaba por su extrema flexibilidad, hasta el punto de que analizando sus seminarios y escritos uno puede llegar a dudar que ahí exista una teoría uniforme o una metodología real. Pertenece a Bandler y Grinder el mérito de haber modelizado sus trabajos descubriendo lo que había en común al abordaje de los diferentes casos.
   A estos mimbres faltaba por añadirle un par de cosillas más. La primera, cómo no, la lingüística que, dada la época de la historia norteamericana de la que estamos hablando, resulta lo mismo que decir la gramática generativa de Noam Chomsky, con su promesa de convertir a esa disciplina en una ciencia (formal más que empírica) y que aspiraba a llegar al núcleo mismo de las estructuras del lenguaje. Esa formalización parecía por entonces vinculable a otra disciplina en plena ebullición, la informática, con lo que la cuestión se convirtió en si había algún modo de hacer de la gramática generativa una forma de programar la mente. Y ya, sólo nos queda la guinda, la semántica general de Alfred Korzybski, expuesta en ese libro para todos y para nadie llamado Science and Sanity: An Introduction to Non-Aristotelian Systems and General Semantics, del que ya hemos hablado en este blog.

domingo, 22 de junio de 2014

Ocho provincias andaluzas (2 de 2)

   Sevilla tiene un color especial. Hacia finales de febrero, la luz cambia, se comienza a adivinar la primavera y las tonalidades hacen que suba un grado la temperatura de la sangre. Poco después desflora el azahar y el centro se inunda de una fragancia que hace que la ciudad entre por los cincos sentidos. Además, el sevillano es simpático y amable. Tiene una bonita ciudad que enseñar y le encanta hacerlo. Otra cosa es que sea integrador. El único género de integración que se conoce en Sevilla es la asimilación completa. O uno le hace las correspondientes genuflexiones a los ídolos de la tribu (especialmente a los que son de madera y se dan un garbeo anual por la ciudad) o puede prepararse para dar explicaciones, muchas. Un ejemplo típico es la fiesta por antomasia, la feria de Sevilla. Hay tres modos de divertirse en ella: teniendo dinero bastante para ser socio de una caseta privada; haciendo sacrificios para pertenecer a la categoría anterior; o siendo del tipo de personas a las que le encantan los empujones de gente borracha. Si Ud. no pertenece a ninguna de estas categorías, la feria de Sevilla es un deambular sin sentido esquivando caballos con jinetes a punto de caerse al suelo y torbellinos de albero.
   Tanta feria, tanto azahar, tantas tonalidades de luz, y tanta guasa, hacen del sevillano un chauvinista que no tiene la menor duda de vivir en el mejor sitio del mundo, de hecho, en el ombligo del mundo. Para el sevillano el mundo se divide en Sevilla y el extranjero. Y ésta es una clave que pocos conocen para entender lo que ocurre por estas latitudes: Andalucía no existe. “Andalucía” es el nombre que los sevillanos le dan a la provincia homónima de Sevilla y a los territorios que los sevillanos invaden periódicamente, esto es, la aldea de El Rocío, Matalascañas, Valdelagrana, Rota, Punta Umbría y demás playas “sevillanas”. A estos territorios les corresponde el calificativo de terra nullius, es decir, tierras improductivas y sin habitantes hasta que llegan nuestras hordas civilizatorias. No obstante, pese a su ombliguismo, el sevillano sabe reconocer lo bueno cuando lo ve. Es el caso del carnaval de Cádiz. A pesar de que conoce lo que se siente en Cádiz hacia la capital de Andalucía, el sevillano ve las chirigotas y comparsas y confiesa: “la verdá e que tiene grasia lo hoio” (la verdad es que tienen gracia los jodidos). Del mismo modo, en nuestra época de pizza con champán, muchos sevillanos viajaron al extranjero y podía Ud. comprobar cómo, con la expresión de quien se ha convencido de que la tierra se mueve, declaraban: “Praga es bonita, muy bonita”... Lo cual no evitaba que Sevilla siguiera siendo "lo mehó der mundo" (lo mejor del mundo).
   El sevillano visita Málaga, Cádiz, Granada, Almería y son ciudades que le gustan, que le agradan, sin que por eso pueda abandonar una expresión de profunda pena... la que le produce el que haya gente que no pueda vivir en Sevilla. Propiamente, el sevillano no odia a nadie, ya sea malagueño, gaditano u onubense. Es lógico, sólo en rara ocasión repara en su existencia. Si Ud. tiene ganas de pelearse con alguien diga en Huelva, en Málaga o en Cádiz que es de Sevilla o, mejor aún, intercale en su conversación un par de “miarma”(1), no tendrá que hacer nada más. En la época en que las matrículas de los coches llevaban distintivos provinciales, era tradición rayar los coches sevillanos allí donde aparcaran.
   Aprendí todo esto la primera noche que salí a tomar copas por Cádiz. Casi fui de pelea en pelea por poco más que abrir la boca y no decir “pisha”(2). Cádiz es genial, además de preciosa. Todo lo que acabo de narrar respecto de ese ente inexistente llamado "Andalucía", se repite en la provincia de Cádiz. Pasé unos maravillosos meses en El Puerto de Santamaría. No he conocido otro lugar en el mundo en el que resulte más fácil dejarse llevar por el dulce transcurrir de la vida. De hecho, en todo el tiempo que estuve allí no conseguí leer ni una sola página. El comienzo no fue, sin embargo, fácil. No sé cuántas veces se repitió el mismo diálogo:
- ¿De dónde eres? - Me preguntaban.
- De Sevilla.
- ¿Pero de Sevilla capital? - Gesto malhumorado.
- No, de un pueblo cercano.
- ¡Ah! Porque los de Sevilla capital son todos unos saborio (desabridos).
   Después descubrí que había algo peor que ser de Sevilla capital, ser de la cercana capital, Cádiz. En Jerez, en El Puerto de Santamaría, en San Fernando y, me parece que en toda la provincia de Cádiz, no pueden ver a los gaditanos de la capital. A poco que se identifiquen se les raya el coche y se les pega si se ponen medianamente gallitos. La excusa es que Andalucía es muy grande, con gente que ha llegado aquí de diferente procedencia y en diferentes épocas, algo que ha dejado una profunda marca en la lengua. Pero todo esto es, únicamente, una excusa. Me contaron que en Oviedo las señales de tráfico no indican “A Gijón”, sino “A la playa” y que la gente de Gijón, cuando las matrículas tenían distintivos provinciales, se iba a Girona a matricular el coche para que tuviera una “GI” y no una “O” de Oviedo en la placa. Si uno visita Castilla-León, podrá ver el nombre de Castilla tachado en los carteles cuando entra en León y el de León tachado cuando entra en Castilla. En Sabadell no hablan de Barcelona, sino de “el paseo marítimo”, y mejor no mencionemos lo que se dice en Murcia de Cartagena, en Tenerife de las Palmas o viceversa... Parafraseando un diálogo de la película Europa uno podría decir que “esto es España, aquí todo el mundo odia a todo el mundo”. Por eso no está de más que alguien haya sacado unas risas de tanto odio sin sentido.




(1) “Miarma” (en castellano, “mi alma”), es una típica expresión de Sevilla capital, que no significa nada y que acompaña todo. El camarero le dirá, “ya voy, miarma”; si Ud. tiene un accidente, la persona que lo auxilie, le preguntará: “¿te has hecho daño, miarma?”; y el juez le sentenciará: “te han caído veinte años cárcel, miarma”.
(2) Aplíquese todo lo dicho respecto de “miarma”, sólo que en el ámbito geográfico de Cádiz capital.

domingo, 15 de junio de 2014

Ocho provincias andaluzas (1 de 2)

Confieso que yo también me he reído con Ocho apellidos vascos, la película dirigida por Martínez-Lázaro que ha pulverizado todos los récords de taquilla en este país. Con todo, no es una obra maestra y ni siquiera está a la altura del talento de quienes se hallan tras ella. Porque tras ella están Borja Corbeaga y Diego San Juan, artífices de la genial criatura llamada Vaya semanita. Este programa de humor de la ETB, ponía semanalmente en solfa todos los temas de la actualidad política y social del País Vasco, encadenando sketches a cada cual más desternillante. Todavía me acuerdo de la anciana, ya muy arrugadita, a la que le sale un atracador que le pide “el dinero y las joyas”. La buena anciana le da el bolso, los pendientes, el anillo, el piercing del ombligo, el de la lengua y le pregunta al navajero: “¿quiere también el del pezón?” Naturalmente el chorizo pone cara se asco y sale corriendo. Con todo, lo más sorprendente del programa solían ser las continuas puyas al nacionalismo vasco en todas sus vertientes. Y no se puede decir que el programa cojeara de alguna ideología política. Al lehendakari socialista Patxi López, le dieron hasta en el carné de identidad. Con cuentagotas, el programa llegó al resto de cadenas nacionales. Esté haciendo lo que esté haciendo, me siento a ver cualquier capítulo que pillo, por muy antiguo que sea.
Pero si del norte la cosa venía bien, lo que han recogido del sur tampoco está mal. Alfonso Sánchez y Alberto López, más conocidos como “Los compadres” o “er culebra” y “er cabesa”, son un dúo humorístico sevillano que ha demostrado moverse a sus anchas en ese proceloso mundo artístico ajeno a la industria audiovisual. Industria que, en Andalucía, como cualquier otra industria, casi no existe. Saltaron a la fama colgando cortos en Youtube de monólogos a dos, de ahí pasaron a visitar los estudios de televisión para asaltar, finalmente, los cines. El mundo es nuestro es una descacharrante parodia del mundo sevillano que por atreverse se atreve hasta con la Semana Santa. Producida mediante el micromecenazgo, alcanzó éxito de crítica y público dentro de los límites que la industria permite fuera de ella. Comparado con lo que hacen en Ocho apellidos vascos, estamos, más bien, ante un paso atrás. 
En cuanto a este fenómeno cinematográfico, tiene un arranque espectacular, que da paso, abruptamente, a la típica comedieta romántica, eso sí, aderezada por un par de golpes geniales. Para mí, el más destacable es el que da título a la película y que lo dice todo: “ella ya salió con uno del sur, pero tenía sus ocho apellidos vascos, a pesar de ser de Vitoria”. Afirmaba ese señor que engrandece cada fotograma en el que aparece, Karra Elejalde, que la película iba a hacer mucho bien a la ciudadanía. Y es verdad. Porque la guasa a propósito de “los del sur (del País Vasco)”, tiene su correlato en otro chiste que sólo podemos entender los del sur (de España): “Que no, que soy vasco... Y en todo caso, de ser andaluz, sería sevillano, no de Córdoba”. El siempre dicharachero entorno del Movimiento de Liberación Nacional Vasco, por boca del crítico cinematográfico de Gara, descalificó la película por “costumbrismo tardofranquista”, porque el protagonista utilizara un acento vasco “de chiste” (para hacer chistes) y porque “hicieran de vascos gente que no era vasca”. Sin duda, a Gara le sorprendió (como a mí, todo hay que decirlo), que el papel de la protagonista recayera en la madrileña Clara Lago, habiendo actrices vascas con un palmito que no desmerece en nada al de la señorita Lago y que, de hecho, pasaron por Vaya semanita. Pero tal agravio, por mucho que pueda dolerle a la izquierda abertzale, no es nada comparado con el caso de Dani Rovira. Yo no sé si la familia y los amigos del malagueño han vuelto a dirigirle la palabra después de oírle decir (reiteradamente además) “miarma” en la pantalla grande.
Si Ud. pregunta a la gente por la calle en el corazón de la irredenta Guipúzcoa si prefiere que su hija se case con un andaluz o con un alavés, haciendo de tripas corazón, la mayoría le contestará que, puestos a que se case con un “no vasco”, por lo menos con alguien que cierta sangre vasca tendrá. Pero si Ud. pregunta en Huelva, en Córdoba, en Granada y, sobre todo, en Málaga, si la gente prefiere que su hija se case con un ex-miembro de ETA o con un sevillano, casi todo el mundo preferirá al vasco porque, como le explicarán, gudari se puede dejar de ser, el que nace sevillano, ya es sevillano “pa toa su vida” (para toda su vida). La única excepción es Cádiz. No porque a los gaditanos les agraden los matrimonios mixtos (es decir, con sevillanos), no. La razón es que cualquier padre gaditano confiará ciegamente en la educación que le ha dado a su hija y que consiste, entre otras cosas, en sacarle los ojos al primer sevillano que la mire.