domingo, 29 de mayo de 2016

Venezuela

   Venezuela es uno de esos países que, si no existiese, habría que inventarlo. Puesto que el capitalismo es incapaz de mostrar una cara agradable ni siquiera cuando sonríe, necesita todo tipo de monstruos que se digan alternativas a él, para convencer a los indecisos. Esto lo sabe cualquier régimen comunista: no hay nada como una masacre de la propia población, convenientemente divulgada fuera de las fronteras, para que los adalides de las libertades democráticas te dejen en paz. Fue el caso de Stalin, de Mao, de los jeremes rojos y más recientemente, de Corea del Norte, muestra palpable de que la única alternativa real que permite el capitalismo es la monarquía absoluta. Si en algún momento se intenta crear algo que difiera de ese modelo, rápidamente es abortado, mientras que la formación de una Casa Real recibe pronta bendición, como la que Obama ha ofrecido a los Castro. Pero me estoy alejando del tema.
   El tema es que, definitivamente, la situación en Venezuela ha pasado a formar parte de la campaña electoral española. La prensa de una y otra dirección cacarea con orgullo las desgracias que viven los venezolanos como amenaza de lo que ocurre cuando se acaba votando por partidos políticos ajenos al reparto de cromos tradicional. En Egipto, en Eritrea, ocurren cosas peores desde hace años sin que merezcan un titular ni por equivocación. Pero Venezuela, sí. Puntualmente se nos informa de lo que ocurre allí. O, lo que es lo mismo, puntualmente se nos desinforma. Porque la desgracia real es que en Venezuela no ocurre nada que no haya ocurrido desde la fundación del país. El desabastecimiento y la violencia política no son un invento del chavismo, son tan antiguos como la propia república venezolana, donde encarcelar a los opositores casi es la forma habitual de hacer política. 
   Venezuela es uno de esos países que tiene el petróleo como condena. Desde la fundación del Estado moderno, digamos que a principios del siglo XX, todo el poder político y económico quedó en manos de unas cuantas familias que lo administraban como si fuese una herencia. El resto de venezolanos veían el banquete desde lejos, esperando que los grandes nombres se levantaran de la mesa para poder recoger las migajas. A veces se nombraban testaferros para que desempeñaran los cargos públicos y la cosa no fuese demasiado evidente y a veces había que recurrir a algún general o coronel que restaurara los intereses familiares, pero, al final, todo quedaba en casa. El 31 de octubre de 1958 se firmó el Pacto de Punto Fijo por el que los partidos con mayor representación parlamentaria pasaban a formar parte proporcional del gobierno, quedando excluido el Partido Comunista de Venezuela, en una especie de institucionalización de lo que en Italia se hacía por acuerdos ad hoc después de la constitución de cada parlamento. En la práctica el sistema venezolano consagró un bipartidismo que socialmente permitió el enriquecimiento de unos pocos mientras la mayoría vivía al albur de la situación económica mundial, bien cuando ésta iba bien y mal en cuanto comenzaba a ir regular. Siendo uno de los principales productores de petróleo del mundo, Venezuela llegó a acumular una deuda externa de mareo que hizo al país someterse a los dictados del FMI, cosa que todos sabemos lo que supone para el ciudadano de a pie. Y así llegamos a finales del siglo XX.
   La tragedia de Venezuela no fue la llegada al poder de Hugo Chávez, la tragedia de Venezuela es que la llegada al poder de Hugo Chávez fue vista por amplias capas de la población como una señal de que se hallaba cercana la época en que, por fin, se haría justicia social o, al menos, justicia histórica. Para todos los venezolanos que del petróleo no habían recibido más que la subvención de la gasolina, para todos los que divisaban el juego político desde lejos, para quienes no tenían la misma proporción de sangre española que Bolívar, Hugo Chávez era un giño a su dignidad, era la autoconciencia a caballo o, mejor, sobre un tanque. Su efecto fue inmediato y rápidamente catalizó movimientos análogos en Bolivia y Ecuador, había llegado la hora de que los desposeídos en general y las poblaciones autóctonas en particular, adquiriesen la categoría de ciudadanos. Chávez abrió espacios para la reflexión en las otrora machacadas (muchas veces literalmente) universidades venezolanas, creó programas de  ayuda y desarrollo social e hizo que una parte de los beneficios del petróleo fuera repartido entre las capas más populares del país. Todo ello lo envolvió en una bonita palabrería acerca del Socialismo del Siglo XXI, el bolivarianismo y el patriotismo latinoamericano. Apenas que uno escarbase un poco en todo aquello no encontraba más de lo que ya encumbró a Perón y los suyos. La praxis política de Chávez tampoco fue muy diferente de sus antecesores, reformó el sistema político a su antojo y conveniencia, nacionalizó (otra vez) Petróleos de Venezuela y ejerció la violencia política contra los opositores, todo dentro de la más rancia tradición de la política venezolana. En cuanto al “Socialismo del Siglo XXI”, significó lo que siempre ha significado la palabra “socialismo”: repartir lo que sobre de la tajada que yo me voy a llevar. Y, por encima de todo, su ideal político, como el de cualquier venezolano que se precie, nunca fue la Cuba de la que tantas cosas bonitas decía, sino las monarquías del Golfo, regímenes totalitarios en los que las familias reales otorgan a la población la gracia de vivir de sus dádivas. De la “grandeza” real del personaje da cuenta que hizo lo que ya había hecho el emperador romano Tiberio, nombrar para sucederle a alguien mucho peor que él con el objetivo de que todo el mundo lo echase de menos.
   Nicolás Maduro sólo heredó de Chávez el chándal de colorines chillones. Con una cámara en la que aún conservaba un buen número de asientos, con una oposición unida exclusivamente por su rechazo al chavismo y conservando las estructuras de poder que le dan un régimen presidencialista, hasta Hugo Chávez hubiese sabido maniobrar para fracturar a la oposición y tomarse la revancha en las próximas elecciones. Pero Maduro es incapaz de otra argucia política que no sea la embestida y, al fin, los benjamines de las familias que siempre mandaron en Venezuela como si su cortijo fuese, representan la gran esperanza democrática de una ciudadanía a la que sólo cabe desearle que no le ocurra nada peor de lo que ya les ha pasado, que no ha sido poco.    

domingo, 22 de mayo de 2016

Mapas

   Vivimos una de esas etapas en las que todo parece empantanado, estamos a la espera de que ocurra algo, no se sabe muy bien qué y los periódicos no hacen más que repetir una y mil veces las mismas noticias, apenas sazonadas por nuevos matices. La ultraderecha avanza, el ideal de Europa se derrumba, siguen llegando refugiados y, en España, todo el mundo está en campaña aunque nadie quiera reconocerlo y ni siquiera hacerla. En épocas de este tipo, no hay nada como sacar a pasear viejos fantasmas. Uno de los más jugosos es el de Mercator. El pobre hombre se propuso, nada menos, que diseñar un mapa que permitiera, además de la proeza de proyectar en una superficie lisa una esfera, dibujar las trayectorias de navegación con líneas rectas. El procedimiento fue ingenioso, imaginar la tierra como un globo en el interior de un cilindro para después abrir ese cilindro y mostrar las marcas dejadas por aquélla. La tarea era realmente compleja y al bueno de Mercator le llevó tanto tiempo que la realización de su atlas tuvo que culminarla su hijo. No obstante, nos legó lo que hemos entendido como el mapa del mundo en los últimos cuatrocientos años. Hay que tener muy claras varias cosas respecto de él.
   La primera es que Mercator, como buen europeo, nunca dudó de que Europa debía estar en el centro del mundo. Esta es una constante de todos los pueblos que ha habido en la historia. Más allá de sus respectivas lenguas, de sus culturas y los diferentes adornos con que engalanaban sus cuerpos, todos estaban de acuerdo en que su país ocupaba el centro del mundo. Los mapas griegos ponían a Grecia ahí, los babilónicos a Babilonia y, ¿adivinan quién ocupaba esa posición para los chinos? Como mucho, algunos mapas medievales pusieron a Jerusalén en el centro, lo cual, dado que es la ciudad sagrada de tres religiones, casi se puede considerar una reivindicación del multiculturalismo. Ahora, sin embargo, está muy de moda acusar a Mercator de eurocéntrico, colonialista y no sé cuántas cosas más cuando, al fin y al cabo, Mercator no hizo lo que sí hicieron muchos pueblos con anterioridad a él, dejar fuera de sus mapas a tal o cual vecino con el que no se llevaban demasiado bien. Sí es verdad que su proyección distorsiona los tamaños de los países, pero no lo hizo para perjudicar a nadie, simplemente en el sistema proyectivo empleado cuanto más alejados están los países del ecuador, más grande parecen. Benefició a Europa, es cierto, pero la gran beneficiada realmente fue Groenlandia, por la que dudo mucho que tuviera alguna preferencia política. Recuerdo que de pequeño me fascinaba ese inmenso continente blanco, tan grande como África y que pertenecía a un diminuto país llamado Dinamarca. Siempre me pregunté cómo se las apañaron los daneses para conquistar y explorar, ellos solitos, el África del Norte. Mi padre me explicaba que era sólo el efecto de la proyección y me enseñó otras proyecciones más realistas, pero eso no hacía sino sumirme en una confusión aún mayor, la de cuál era la mejor. 
   Ser adulto consiste, en buena medida, en darse cuenta de que  no hay nada “mejor” en términos absolutos, simplemente hay cosas mejores para ciertos fines. A Mercator, desde luego, le han salido muchos competidores. Hay mapas que corrigen su proyección, los hay que adoptan otras, los hay que colocan el Pacífico en el centro, dejando a Europa y, más concretamente a España, en un rincón del mundo, o la ahijada por la ONU que hace del polo norte el centro, discriminando a los pobres pingüinitos del sur, que ni siquiera parecen tener una tierra en la que asentarse. Las entrañables discusiones que cada una de ellas genera suele ocultar el punto central, a saber, que no hay manera de traducir lo que ocurre sobre un esferoide achatado en dos dimensiones sin distorsionar algo. Dicho de otro modo no debemos confundir los mapas con el territorio, por mucho que lo configuren. Los mapas tienen valor porque permiten traducir, por ejemplo, lo esférico y tridimensional en un plano y esa traducción funciona para los fines propuestos. No se trata de reflejar la realidad, se trata de orientarnos, de posibilitar la identificación de los elementos que van surgiendo al paso. Por tanto, sólo podrá hablarse de su eficacia si nos permiten recorrer una y otra vez el camino que lleva desde ellos al territorio, para así irlos retocando permanentemente. Se trata, en verdad, de una tarea sin fin, pues la tarea de la identificación no acaba jamás. Nos identificamos con los mapas en el doble sentido de que reconocemos en ellos nuestra posición en el mundo y de que lo que llamamos “identidad” proviene de la constancia de ciertas distancias. Por eso, porque constituye un requisito imprescindible de todo mapa el mantenimiento de ciertas distancias constantes, resulta clave caracterizar sus dimensiones. Un mapa no puede hacerse con cualesquiera dimensiones, hay que realizar una selección adecuada sobre la amplia variedad de dimensiones posibles y esa selección se hace en base a lo que sabemos, quiero decir, todo mapa dispone sobre una superficie una serie de conocimientos. Pero hace tiempo que hemos dejado de hablar de Mercator...

domingo, 15 de mayo de 2016

El nacimiento de una asignatura.

   La enorme preocupación e interés de nuestras autoridades por la educación se demuestra en el hecho de que, quienes tenemos que materializarla, nos enteramos por las editoriales de lo que enseñaremos dentro de cuatro meses. De entre todos los libros de texto, cuadernos del alumno y del profesor y papelajos varios que han colapsado las salas de profesores de los centros educativos estos días merecen especial mención los referidos a una nueva asignatura, que le robará horas a la Física, la Química, la Historia y antiguallas semejantes. Se le dan diversos nombres haciendo combinatoria con los términos “cultura” y “emprendedor” (por ejemplo, “Cultura Empresarial y Emprendedora”) y se va a impartir en todos los niveles educativos, es decir, la sufrirán alumnos/as desde los 12 a los 18 años. Se insinúa, ya de entrada, que las elevadísimas tasas de paro de nuestro país son culpa (como todo) de una educación que no prepara para el mundo laboral. Afortunadamente, los españoles tenemos un ministerio que vela por suplir las deficiencias de sus funcionarios y, para ello, nada como una misma asignatura, repetida seis años consecutivos, con el objetivo, de: 
“preparar a los jóvenes y las jóvenes para una ciudadanía responsable y para la vida profesional...Se trata de impulsar y fomentar la cultura emprendedora en todos y cada uno de los niveles y ámbitos, de forma que en cada uno de ellos se prepare a alumnos y alumnas para adquirir un perfil emprendedor, innovador y creativo, independientemente del nivel máximo de estudios que alcance. Todo ello sin olvidar los aspectos más concretos relacionados con la posibilidad de creación de un negocio propio o de ser innovadores o "intraemprendedores" en su trabajo dentro de una organización. La competencia "sentido de iniciativa emprendedora y espíritu emprendedor", asociada a esta materia, incide no solo en la pura actividad económica sino en la contribución a la sociedad por parte de los individuos, la inclusión social y el aseguramiento del bienestar de la comunidad”.
   Una vez leí la orden de alistamiento de mi padre y su posterior licencia del servicio militar. La primera, recibida en 1936, cuando tenía 17 años, le conminaba a presentarse en la caja de reclutas bajo la amenaza explícita de ser fusilado. La segunda, loaba su “voluntaria adhesión al glorioso alzamiento nacional desde los primeros días”. Después de aquello suelo echarme a temblar cuando aparecen palabras grandilocuentes en los documentos oficiales, esconden amenazas terribles.
   La primera cosa que llama la atención de esta asignatura es que nunca se le pide a los/as alumnos/as que recurran a la experiencia laboral de sus padres o, no menos importante, las declaraciones de los emprendedores y sus asociaciones. Al fin y al cabo ahí se halla el primer contacto de cualquier joven con el mundo laboral. ¿Por qué no se empieza con lo más inmediato para los/as alumnos/as como se exige hacer en otras asignaturas? ¿Porque se teme que los alumnos/as vuelvan a oír en clase lo que ya oyen en casa, la opinión de los trabajadores acerca de los “emprendedores”? ¿Porque se le tiene pánico a que descubran que las asociaciones de empresarios están en contra de las (nuevas) elecciones? ¿Porque no se quiere que descubran la prisa que se han dado los “emprendedores” por aterrizar en un mercado tan rico en “cultura empresarial” como Cuba ni sus motivos? ¿O tal vez son las razones para la proliferación de asociaciones de “emprendedores” las que no son conveniente divulgar? Lo más probable es que no se quiera acercar al aula a nadie que sea capaz de decir lo que dijo el sin par “líder emprendedor” (por cierto, educado en el Libro rojo y no en estas zarandajas) Fernando Zhou, presidente de la Asociación de Empresarios Chinos en Valencia-España: “con despido gratís se trabajaría más” (El País, 6-XII-2012).
   En vez de acercar a los jóvenes a la realidad del mercado laboral, lo que puede encontrarse en los libros de texto de la nueva asignatura es otra cosa. Se les van a enseñar vagas generalidades del tipo de que “el siglo XXI se va a caracterizar por grandes cambios” (cosa que jamás ha ocurrido en ningún otro siglo). Se les va a explicar que si María suspende su examen es porque no ha estudiado lo bastante, induciéndoles a la conclusión de que si alguien está en paro es porque no ha trabajado lo bastante. Se les va a convencer de que la inteligencia (emocional) está relacionada con la iniciativa personal y que, por tanto, la falta de obtención de crédito para un proyecto es culpa de la incapacidad expositiva de quien lo presenta, no del pánico que provoca en cualquier banquero la palabra “nuevo”. Se les va a inculcar que las empresas buscan trabajadores proactivos, con capacidad de emprender, autónomos, dotados de liderazgo y no quien esté dispuesto a trabajar más horas de las que estipula su contrato por el mismo dinero. Se les va a desorientar con la idea de que los emprendedores pueden surgir de cualquier estrato social, para que tarden lo más posible en darse cuenta de que los contactos familiares son el paso necesario para el inicio en cualquier negocio que se desarrolle en este país. Se les va a adiestrar en el relleno de la solicitud, digamos, de una licencia municipal para la apertura de un local de comida basura, sin aclararles cuáles son los dos trámites imprescindibles: colocar como encargada a la sobrina del alcalde y meter 10.000€ en un sobre para el concejal de turno. Se les van a proyectar inocentes fábulas como El gran salto y, desde luego, nada tan próximo a la realidad como El lobo de Wall Street. Y, por supuesto, se les guiará mediante un cuidadoso análisis de vidas ejemplares que les mostraran las virtudes que adornan a los emprendedores exitosos, obviando que los mejores de ellos, como Henry Ford o Steve Jobs, hubiesen merecido en otro tiempo el calificativo de negreros y sin que nadie mencione, ni por asomo, que tales virtudes también adornaron y, en ocasiones, mucho más, a tantos otros que se quedaron en la cuneta. Un día, estos jóvenes serán de verdad emprendedores y descubrirán que "buen empleado" no significa tener capacidad para innovar, como decía su libro, significa "el que no roba más de lo normal".
   Hace un tiempo, cuando a Savater lo escuchaban con atención en el PSOE, convenció a su jerarquía de que “ciudadano virtuoso” y “votante de la izquierda” eran sinónimos. Así nació la asignatura “Educación para la ciudadanía” y, de hecho, “ciudadanía” se convirtió en una etiqueta pegajosa, adherida a viejas y nuevas asignaturas, hasta el punto de que faltó poco para que hubiera unas “Matemáticas para la ciudadanía”. La polvareda que se levantó fue de aupa. Se acusó a los socialistas de indoctrinar a tiernos infantes obligándoles a aprobar una asignatura “ideológica” porque en algunos libros de texto de la misma se afirmaba que existen diferentes tipos de familia o que hay que ser tolerantes con todo el mundo, incluyendo a los homosexuales. Mientras el barullo crecía, en las aulas reinaba el silencio, los/as alumnos/as se aburrían mortalmente teniendo que estudiar cosas como los Derechos Humanos y su génesis. Pues bien, ahora tenemos entre manos una asignatura puramente ideológica, se va adoctrinar a nuestros jóvenes en la mitología oficial. Pero, a diferencia de lo ocurrido hace unos años, no hay discusión, no hay polvareda, no hay nadie que se rasgue las vestiduras. La razón es que esta nueva asignatura es el prototipo de lo que nuestros políticos (los progresistas y los otros) quieren para los jóvenes: algo alejado de los hechos, de la verificación, y de los razonamientos, algo firmemente asentado sobre paparruchas y mentiras. Hay que repetir seis veces, hasta convertirla en una verdad asumida por todos, que quien se halla en el paro es por su incapacidad emprendedora, no porque el paro sea un elemento estructural del capitalismo con la finalidad de mantener los salarios a nivel de subsistencia; que lo mejor que se puede hacer por la sociedad es medrar; que no hay aspecto de la vida humana que no caiga bajo el concepto de mercancía o de los preparativos para fabricar o vender una; que cualquier modo de pensar más allá de la pura lógica capitalista, es una hidra a la que se debe erradicar de la faz de la tierra. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Por qué soy pirata. (y 4. El arte en la era de la reproductibilidad técnica)

   Los libros españoles están, con frecuencia, mal traducidos, mal impresos y, aún peor, mal cosidos. Hay que tratarlos con mimo porque, con el paso de los años, sus encuadernaciones pierden consistencia y, con ella, se va también la solidez de los argumentos que contienen. Aún así, el papel es más sólido que las cintas magnetizadas, el vinilo o el policarbonato. Tres veces llegué a comprar en mi adolescencia el Paris de Supertramp porque la cinta, de hora y media de duración, siempre acababa por enredarse en los cabezales de algún radiocasete. Ahora bien, si yo al comprar un libro, un disco, un DVD lo que estoy pagando son los derechos de autor, ¿por qué debo volver a pagarlos cuando adquiero otra vez la misma obra? ¿No es lógico que deberían haberme sido descontados de la segunda y tercera adquisiciones de la misma música? La única explicación de por qué ésta no es práctica recogida por la ley es que para la industria cultural la “obra” es el disco, el disco físico, material, que podemos tocar, como lo es el libro o el DVD. Para la industria cultural, el objeto artístico es lo reproducible, lo que se puede copiar una y mil veces exactamente igual, lo indistinguible de cualquier otro. Y si algún autor quiere tener derechos susceptibles de ser protegidos, tendrá que someterse a las amputaciones necesarias para que su obra pueda acabar siendo exactamente igual que las demás. La idea de Walter Benjamin de que “arte” designa lo único e irrepetible halla aquí su justa antítesis. O tal vez no, porque lo que la industria cultural confiesa con su exigencia de cobrar derechos de autor por cada pieza que sale de sus factorías es su absoluta incapacidad para vendernos arte. Nos entrega productos estereotipados, recortados a la medida su fabricación, perfectamente estandarizados, objetos, al cabo, de artesanía industrial, reproducciones infinitas de lo mismo, como siempre y bajo el mismo formato, pero nada que pueda oler a verdadera creatividad, originalidad. 
   La monstruosa estafa de la industria cultural capitalista es que, en realidad, no nos entrega nada que pueda alimentar culturalmente al ser humano. Son productos light, descafeinados, desteinizados, sin gluten, ni azúcar, ni hidratos de carbono, ni, en definitiva, nada que pueda llenar lo que suele llamarse nuestro espíritu, sucedáneos dietéticos, que hinchan pero no alimentan. Así nuestro espíritu se mantiene a la línea (del pensamiento único), delgadito, raquítico, cual judío en campo de concentración, apenas con las fuerzas necesarias para soportar otra jornada laboral, pero incapaz de acumular nada en pro de una futura sublevación. Por eso, después de tragar nuestra ración cultural, el tránsito intestinal de nuestro espíritu es veloz y, rápidamente necesitamos otra y otra más y aún otra, antes de poder sentir algo que pueda recordar la satisfacción. Un Cervantes, un Mozart, un Eisenstein, había que tomarlos en pequeños bocados, rumiarlos a trocitos, digerirlos durante semanas porque cada página, cada nota, cada plano, proporcionaba todo el aliento vital que un hombre podía necesitar durante años. En cambio, estas novelitas que hay que parir de tres en tres para que parezca que hay en ellas algo de enjundia, estas cancioncillas que no pueden durar más de dos minutos, estas peliculitas que uno puede ver mientras plancha, son como vasitos de agua, llenan un instante para producir, a continuación, una sensación de vacío aún mayor. Eso sí, puestas todas juntas forman una lluvia que acaba por calar. Son pequeñas luciérnagas que apenas arrojan un atisbo de luz sobre el camino, pero que atrapan la mirada en el fantástico espectáculo que componen todas juntas. Así es nuestro querido capitalismo, una sardina podrida pero extremadamente brillante a la luz de luna. 
   Del comunismo podía decirse que, en realidad, nunca fue tal; podía decirse que fue una dictadura como cualquier otra; podía decirse que consistió en desposeer a la mayoría para dárselo a unos pocos, pero nada de eso lo hizo fracasar. Fracasó porque era feo. Es curioso que no se haya querido extraer la consecuencia última de las pinturas rupestres, a saber, que, desde que existe, nuestra especie ha sido impulsada por motivaciones estéticas. Se las explica diciendo que nuestros antepasados pintaban para propiciar la caza, cuando la verdad es exactamente la contraria, cazaban porque la pintura los había vuelto propicios para ello. Era el ideal de un cazador triunfante que habían dibujado en las paredes de su caverna el que les permitía vencer el miedo de internarse en el bosque y cobrar la pieza deseada. Nadie tendría valor para internarse en la inhóspita selva de nuestras sociedades contemporáneas si no estuviese imbuido por el valor que le confiere la imagen del héroe victorioso del mal, del desamor o de la derrota, que propaga a los cuatro vientos la industria cultural o, al menos, por la confianza en que ésta le proporcionará el dulce veneno con que apaciguar el dolor de sus heridas. Sin nuestra magra ración de ilusiones o ahítos de verdaderos manjares, nuestro destino sería el desfallecimiento o la tarea heroica, pero, en cualquier caso, habría que cambiarlo todo. Por eso, privado del alucinante baile de luciérnagas, del brillo, de la industria cultural, el capitalismo no sería nada, una mona sin seda, un agujero sin piercing, el pozo ciego, quizás, de las mezquindades humanas. Acabar con la industria cultural no es, por tanto, el indeseable resultado de unos vagos rácanos que buscan el camino más fácil, no es el resultado de la avaricia de unos pocos que quieren vivir del esfuerzo ajeno, no es tarea de delincuentes ni de piratas, es el requisito imprescindible de cualquier programa que quiera llamarse subversivo.

domingo, 1 de mayo de 2016

Por qué soy pirata (3. Cultura de masas)

   El “mundo feliz” que describe Aldous Huxley en su novela homónima, podría ser llamado el mundo del “soma”. El “soma” es una droga que cura todas las penalidades, las depresiones, los agobios de un mundo al que el condicionamiento de Skinner ha convertido en asfixiante. Se define como una mezcla de cristianismo, ideología y alcohol sin los efectos secundarios de ninguno de ellos y se lo toma de todas las formas imaginables. Por supuesto, los mayores consumidores son la clase más baja, los epsilon, que, esencialmente, viven enganchados a él entre una jornada de trabajo y otra. Pero, como siempre ocurre en estos casos, la desbordante imaginación de los distopistas ha sido desbordada por la realidad. Porque Huxley pensó que el Estado repartiría a su antojo la droga para mantener a la población aletargada y bajo su control. Así ocurrió ciertamente en nuestro país, cuando la dictadura de Franco administró considerables proporciones de “soma” en cada primero de mayo y en cada jornada de previsible conflictividad social. Ahora ya somos modernos y con la modernidad, el “soma” ha dejado de ser administrado por el Estado, ha dejado de ser gratis. Quien quiera su ración de “soma” tiene que pagar por ella. Por supuesto, tampoco lo llamamos “soma”, existe una palabra más moderna para el mismo producto: fútbol. 
   ¿Se imaginan que a los epsilon de Un mundo feliz se les hiciera pagar tres veces cada ración de “soma”? Incluso ellos, con sus deficiencias cerebrales, se sublevarían. Pues bien, por la moderna droga que nos amodorra, que adormece todos nuestros sufrimientos y nos convence de que este no es el mejor sistema posible, pero sí el único capaz de funcionar eternamente, hay que pagar por triplicado. 
   Hasta 2011 los clubes de fútbol españoles fueron directamente subvencionados por todo tipo de administraciones públicas. A partir de dicho año la cosa cambió con objeto de que no cambiara nada. En lugar de subvenciones directas, se les adjudicó arbitrariamente todo tipo de subvenciones indirectas mucho más difíciles de cuantificar y mucho más fáciles de camuflar con dotes elementales de ingeniería fiscal. Un procedimiento muy habitual fue cargar al erario público la construcción y mantenimiento de los campos de juego y de entrenamiento. A cambio, el ente público en cuestión, el Ayuntamiento o la diputación, les cobraría a los clubes un arrendamiento que, normalmente, no suele ser otra cosa que simbólico. Para quienes esta manera de compartir gastos no fuese bastante, la administración siempre estaba dispuesta a insertar en sus camisetas publicidad pagada a precio de oro y que raramente entregaba a cambio algo más que cartelitos ininteligibles cuando no directamente invisibles. Pero claro, no bastaba. La voracidad de quienes andan metidos en este fangal no podía dejar de considerar estos centenares de millones pura calderilla comparado con todo lo que se podría sangrar al dinero público, así que se dejó de pagar a Hacienda hasta acumular una deuda que fluctúa siempre por encima de los 3.000 millones de euros. Esos 3.000 millones podrían habernos evitado al menos una de las rondas de recortes en sanidad y educación que Europa nos ha exigido. Pero, en lugar de estrangular semejante agujero negro de fraude, la Agencia Tributaria española brinda a estos defraudadores recalcitrantes la dulzura que reserva para los políticos y sus amiguetes. Se puede decir de otro modo, Ud. yo, cualquiera de los ciudadanos que anda por las calles de este país, está pagando los fichajes millonarios de los equipos españoles (como está pagando las inversiones en bolsa de la Iglesia) con sus impuestos y con los recortes que ha sufrido en su salario. Sin embargo, no es suficiente. Si quiere Ud. su correspondiente ración de “soma”, tendrá que pagar también su entrada o su abono a uno de esos canales que enchufa la moderna droga directamente en el salón de su casa para que sus hijos se habitúen a ella desde la tierna infancia. Y si se niega a volver a pagar por lo que ya ha pagado dos veces, Ud. y no el presidente de una federación que renunció a los 750.000€ que le correspondían por las quinielas para no verse afectados por la ley de transparencia, ni la FIFA, que plantó ante su sede el camión de una empresa especializada en la destrucción de documentos tras la imputación de Blatter, Ud. digo, será acusado de pirata y, por tanto, de delincuente.
   Cuanto hemos dicho respecto del fútbol es válido respecto de esas otras drogas con menor efecto adictivo pero no menos alucinógenas llamadas “productos audiovisuales”. Las películas, las series televisivas, son sobradamente rentables sin necesidad de que las vea ningún espectador por el posicionamiento de marcas de que hacen gala. Ninguna película, ninguna serie, ningún guión, plano o secuencia puede entenderse si no es para mostrar, lo más cerca posible de lo subliminal, el nombre de quien ha pagado para que ese producto esté justamente ahí. Desde mucho antes de que las empresas tabaqueras convirtieran en mito a una improbable estrella cinematográfica como Humphrey Bogart, el cine era ya el “anuncio en gran formato” que denunció Adorno. Simplemente por ser espectadores ya hemos pagado, con nuestro consumo de propaganda, por presenciar estos lamentables espectáculos. Pero, ¡ay si es Ud. español! Si es Ud. español, una parte del dinero de sus impuestos no irá a mejorar la sanidad, ni la educación, ni las carreteras, irá directamente a los bolsillos de los productores cinematográficos, esos pobres necesitados. Aún más, su espectral presencia en salas de cine vacías, será contabilizada como entrada vendida, encerrando una estafa dentro de otra, la de recibir subvenciones por espectadores que, en realidad, no acudieron al cine. 
   Ahora bien, si pretende no pagar tres veces cada producto que consume, si pretende que no le estafen, si pretende defender el derecho elemental a que no le timen más de lo imprescindible, incluso si pretende ver un espectáculo no programado en su país por emisora alguna, Ud. y no Blatter, ni Villar, ni los productores cinematográficos, ni quienes hicieron que Harry encontrara a Sally para que la marca de aguas Evian ganara cuota de mercado, ni quienes inflan las cifras de espectadores, Ud. será un delincuente y un pirata, porque quienes se apropian algo de “soma” sin permiso de la clase dirigente es, por definición, un pirata y un delincuente.

domingo, 24 de abril de 2016

Por qué soy pirata (2. P2P)

   Que alguien pida un 93% de intereses por prestar su dinero constituye, desde luego, delito de usura. Pero calificar de usureros a los magnates de la industria cultural es algo así como criticar a Hitler por su mal carácter. ¿Por qué conformarse con un 93% si aún se le puede rapiñar una parte de la miseria que le queda al autor? Las editoriales españolas lo entendieron hace tiempo. Redujeron su personal a un mínimo indispensable y deslocalizaron la producción a países como Hungría, la República Checa o algún otro con costes de producción más baratos en los que niños esclavos cosen los volúmenes en que tan alegremente se habla de emancipación. El producto se envía enmaquetado, muchas veces por el propio autor, y se recupera listo para colocar en las estanterías por algo así como un euro el volumen que habrá de venderse a 25 ó 30. Por supuesto, sin numerar, no vaya a ser que el autor se ponga a ajustar cuentas y descubra que ni siquiera le han pagado su raquítico porcentaje por todo lo vendido. Algunos ha habido que, a la hora de ajustar cuentas, se han encontrado con que la editorial les descontaba 25.000 ejemplares “enviados a la crítica” literaria. Claro que la editoriales españoles son únicas en el mundo por muchas cosas, como ponerle un precio a los e-books que apenas está un euro por debajo de su versión en papel o cobrar el doble por un libro (mal) traducido al español de su precio en el idioma original. Y, desde luego, puedo asegurarles que no es por lo que cobran los traductores.
   Alejandría, ¿se acuerdan de Alejandría? Bajo los Ptolomeo tuvo la mayor biblioteca de la Antigüedad. Copias de todos los volúmenes que habían pasado en un momento u otro por su puerto, colecciones enteras compradas por los reyes, prácticamente todo lo que produjo el mundo antiguo estaba en sus estanterías. ¿Cuántas lágrimas no han vertido nuestros intelectuales por lo que allí se perdió en sus diferentes incendios y saqueos? Lágrimas de cocodrilo. La moderna tecnología permite que cada uno de nosotros tengamos una biblioteca de Alejandría en nuestras casas, trillones de libros a nuestro alcance, fácilmente localizables y, con frecuencia, disponibles en varios idiomas. Ningún sabio antiguo pudo soñar siquiera con lo que nosotros podemos manejar. Todavía mejor, es gratis o, lo que es lo mismo, está al alcance de cualquiera. Un niño perdido en algún remoto poblado africano puede, con una precaria conexión telefónica, un ordenador de segunda mano y un poco de paciencia, tener a su alcance la mayor biblioteca con la que jamás soñó ser humano alguno. Si alguien quiere controlar lo que leemos, si algún fanático quiere arrojar algún libro al fuego, si el ostentador de un carguito cualquiera pretende condenar al ostracismo a cierto autor o idea, debe saber que sus intentos no podrán alcanzar a la moderna biblioteca de Alejandría que ya no está controlada por ningún mecenas, por ningún rey, por ninguna autoridad que pueda decidir su destino. Sus volúmenes no arden, no sufren el paso del tiempo, no los ataca la polilla ni el olvido. Ni siquiera la desidia de unas editoriales que se desentienden de los textos que han alcanzado su fecha de caducidad, es decir, que se han agotado, afecta a la moderna biblioteca de Alejandría. Cuanto hay en ella lo habrá, virtualmente, para siempre.
   Pero ninguno de los sistemas políticos o económicos que han existido hasta hoy ha podido permitirse que haya pobres ilustrados. Por eso eMule, la moderna biblioteca de Alejandría, es la bestia negra de todos los que defienden que la cultura sólo debe estar al alcance de quienes pueden pagarla. Todos esos hipócritas que lloran por lo que significó la pérdida de Hipatia, todos esos que tratan de emocionarnos con sus tiernos recuerdos de la primera vez que se hicieron un carnet de biblioteca, todos esos que prefieren tener un euro más en sus cuentas corrientes aun a costa de tener un lector menos, tratan de convencernos de que eMule es un programa malicioso y brindan con champán cada vez que nuestros ordenadores se infectan con algún virus introducido bien sabemos todos por quién. Pero eMule es, potencialmente, el mayor proyecto educativo que la humanidad haya tenido jamás a su alcance, por mucho que lo más descargado en él sean películas porno. Si alguien está protegiendo el derecho de un autor a su libre creatividad, si alguien está protegiendo el derecho de un autor a la pervivencia de su obra, más allá de los intereses del editor de turno, si alguien está protegiendo el derecho de un autor a ser leído por cualquiera, con independencia de su procedencia o de su nivel de riqueza, ésos son quienes crearon y contribuyen a mantener eMule, es decir, los delincuentes, los piratas.

domingo, 17 de abril de 2016

Por qué soy pirata (1. El autor de los derechos)

   Decía Marx que las declaraciones de derechos (de Virginia y de la Constitución francesa de 1791), eran puramente formales, pues enunciaban derechos universales que, en realidad, sólo valían para unos pocos. Había así un derecho a la reunión... para todos aquellos que tuvieran dónde reunirse; un derecho a la expresión... para todos aquellos que tuvieran dónde expresarse, etc. etc. La declaración de derechos humanos de 1948 no escapa a esta crítica. En su artículo 27, punto primero, deja muy claro que toda persona tiene derecho a gozar libremente de las artes, pero inmediatamente después, en el punto segundo, especifica que, en realidad, no todo el mundo tiene ese derecho. Únicamente quienes puedan pagar las tasas que correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas a su autor, podrán ejercitar semejante derecho. Es obvio que quien ha creado algo único e irrepetible, quien ha realizado una aportación a la humanidad que, de un modo u otro, contribuye a hacer de la vida de sus miembros algo mejor, merece una recompensa. Cosa muy distinta es que esta recompensa tenga que ser material. Sin duda, los herederos de Albert Einstein, de don Santiago Ramón y Cajal o, llegados el caso, de Edward Witten, reivindicarán un canon por cada uso de sus hallazgos. Sin embargo, todos aceptamos que el citar sus nombres cada vez que se hace uso de uno de sus logros implica ya suficiente reconocimiento como para no tener que añadirle un cierto porcentaje de beneficios. ¿Se imaginan qué ocurriría con la ciencia si impusiésemos un canon por el uso de descubrimientos? Los científicos pobres tendrían que reelaborar sus pruebas y demostraciones desde cero, como si la humanidad no hubiese hecho progreso alguno en el último siglo. ¿Cuál sería el ritmo de avance de la ciencia entonces? Pues bien, esta disparatada situación es la que se viene produciendo desde que se ha hecho de cualquier producto cultural, ante todo, una simple mercancía.
   Uno de mis primeros recuerdos es el mapa contenido en un compendio de historia que compró mi padre llamado Atlas histórico mundial. En una bella ilustración del difusionismo mostraba el surgimiento y posterior expansión por toda Europa del vaso campaniforme. ¿Se imaginan que el creador del vaso campaniforme lo hubiese patentado? ¿que hubiese ejercido semejante derecho el inventor de la rueda, que se hubiese aplicado sobre el procedimiento para crear fuego, que el primer pintor rupestre o el primero de nosotros en taparse con pieles hubiese exigido derechos de autor? ¿Dónde estaríamos ahora? ¿Habríamos salido de las cavernas? No, porque para construir una cabaña también habría que pagarle al primer arquitecto de las cañas y el barro. En realidad, resulta superfluo que usen su imaginación, basta que consulten un libro sobre la Edad Media. Durante buena parte de ella, los gremios ejercieron un control absoluto sobre la producción técnica de modo muy parecido a como hoy día intenta hacerlo la industria cultural sobre sus producciones. Nada que no estuviese autorizado por el gremio correspondiente podía ser vendido en mercado o plaza alguno. El resultado fue uno de los mayores estancamientos que se ha producido en la historia de Europa. 
   Las culturas son entidades que viven de la asimilación, de la integración de lo ajeno. Copian, pegan e imitan. Lo contrario de esta labor es una cultura pura, es decir, muerta. Durante la práctica totalidad de la historia de nuestra especie, el mundo cultural ha sido, literalmente, un salvaje Oeste en el que quien hallaba una mina tenía por única seguridad que no le pertenecería durante demasiado tiempo. Sin embargo, nosotros hemos creado una élite cultural que aspira, por encima de todo, incluso del papel que debería corresponderles como intelectuales, a ser clase media gracias a los productos de su ingenio y cualquier Dan Brown del tres al cuarto se cree con derecho a conseguir lo que no pudo conseguir Miguel de Cervantes, vivir de lo que escribe. En tanto que aspiración humana me parece tan legítima como cualquier otra. Lo que ya no me parece legítimo y sí, directamente, una monstruosa estafa, es que bajo la capa de los derechos de autor se acurruque una industria cultural que jamás está a favor de más del uno por ciento de los creadores y que castra, lamina y amputa cuanto de creatividad hay en el resto. Porque, si a las cifras hemos de atenernos, los derechos que el capitalismo reconoce a los autores de una obra cualquiera, los derechos en cuyo nombre vociferan quienes acusan a los piratas de dejar a lo mejor de nuestra intelectualidad sin el pan para sus hijos, rara vez sobrepasan el 7% del precio total del libro o disco, mientras ellos, los que tan valerosamente defienden los derechos del creador, le expropian por contrato el 93% restante. Ciertamente, puestas así las cosas, no merecen el nombre de piratas o de delincuentes quienes le birlan a los creadores el exiguo porcentaje que les corresponde, sino quienes les chantajean con que sus obras no verán la luz si no renuncian, previamente, a la práctica totalidad del beneficio que les corresponde.